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Hallazgo y renovacion narrativa Noticias de literatura
Por: Revista Confabulacion


La explicacion del Genesis Un unico Dios La historia del pueblo judío. El motivo de ser del pueblo elegido.
La tarea trascendental del pueblo elegido. Las políticas de la Iglesia Católica. El fin del politeísmo.
El hilo conductor jamás revelado de uno de los libros más leídos y tal vez  menos comprendidos:
La Biblia.
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Hallazgo y renovacion narrativa  Noticias de literatura
22/7/2016 |

En esta última entrega de algunos textos de El Tempestario y otros relatos, queremos recordar las palabras con las cuales el escritor Robert Mintz, saludó la aparición de este título fundamental:
"El Tempestario y otros relatos, es hallazgo y renovación narrativa. Es un rumbo descubierto para el feliz reencuentro de la infancia, es el cuento primigenio, con magos que realizan la multiplicación de los peces y los panes, fantasmas que temen a los gatos, bellas brujas que viajan en el tiempo, hechiceras que extravían a los pescadores, drogas míticas que transforman a los hombres, chamanes que domestican el viento, derrotados dioses que culminan como alimento de una horda, seres que nos hablan más allá del polvo, alquimistas y animales fantásticos... Es el sueño vuelto poesía y la intensidad narrativa hecha sorpresa… porque su autor ha logrado con este libro llevarnos una vez más a la deslumbrante imaginación del origen"...




El último monólogo de Reif
Mi amigo: el fuego, me ha traicionado. Desde hace veinte años -durante todas las noches- me encierro en mi deteriorado laboratorio para entregarme a la Gran Obra, y él, esa rudimentaria forma de la luz, proyecta mi sombra en las paredes y en el derruido techo, hiriendo mis ojos en las extensas noches de búsqueda, pero me oculta sus arcanos. Mi piel se ha tornado pálida y mi figura sombría es temida por los niños, o por quienes imaginan mi alianza con algún oficiante de tinieblas. Sé que ya no encontraré mi cometido.
La sal, el azufre, el mercurio, son el enigma ternario que me ha sido evasivo. Descubrí que dios es el hidrógeno, el origen del origen, y que la transmutación de los metales no sólo es posible sino inútil, porque lo importante es encontrar el oro potable, la luz inextinguible, convertir lo opaco en transparencia, lo árido en fértil, y ejercitar algunos secretos que sólo conocen las estrellas.
Comprendo que a pesar de ser considerado loco, hereje o hechicero, mi verdadera búsqueda está en la luz. No me parece extraño que el oro capaz de resistir fuertes ácidos a altas temperaturas, se disuelva en una solución fría como el cianuro de potasio; ni que el hidrógeno sulfurado sea más volátil que el agua: los elementos acuden a vínculos inexplicables para los profanos. Mi maestro Ireneo Filaleteo y otros guías como Artefio, Flamel, Raimundo Lulio e Isaac el Holandés, han orientado entre niebla mi camino. Comprendo que sólo si develamos la materia podremos sobrepasarla, dominarla, abolirla...
Los herméticos, los argóticos, los estudiosos de la unión triple, del Símbolo del Cangrejo, de la Imagen de la Hoz, de la Estrella de Salomón, de la Piedra Filosofal, han descifrado manifestaciones increíbles de la materia -y aseguro que he podido verificar algunas en mis exhaustivos años de trabajo-, pero se han negado a compartirlas como los antiguos reservaban el nombre de dios para algunos elegidos. Se sabe del riesgo de comunicar los hallazgos de la sabiduría, de la necesidad de impedir que el poder usufructúe los verdaderos encuentros del espíritu.
Sin embargo como la gran revelación me ha sido esquiva y el poderoso hallazgo capaz de develar para siempre la materia aún se resiste a entregárseme, hoy, Paracelso y mis antepasados guías, sabrán las crueles trampas que me ha tendido el fuego, elemento del cual tomé mi nombre bajo la precaución de un anagrama y que no obstante sólo me ha concedido su apariencia, su calor, su trivial calidoscopio, pero nunca la magnificencia de la luz.
Hoy ante la multitud paradójicamente convertiré el oro en plomo, secaré una encina con el roce de mis manos, marchitaré el rostro de una niña, y -para que alguien se apiade de la terrible reciprocidad de mis hallazgos- cuando sea capturado y condenado por los inquisidores, seré de la misma materia que mi máximo enemigo: esa raíz invertida, vertical, impura, precaria, incesante. Y al arder entre sus lenguas tal vez logre sublimarlo, convertido en brillo, en ojo, en su esencia luminosa... Entonces aunque sea por un instante, entenderé el primario, magnífico y grave sentido de su canto.

La caza
Siendo el día elegido los cinco cazadores más afortunados nos dirigimos en busca del jaguar. (Durante una semana ayunamos en la Morada del Sol. Nuestras saetas fueron preparadas con plumas de aves de rapiña para hacerlas más rápidas y certeras... Todo lo hemos previsto sobre el misterio de su errancia).
Primero realizamos sacrificios y alabanzas a este dios manchado, y en el precario templo ofrecemos a su cabeza disecada un inmenso trozo de carne roja. Las mujeres bailan alrededor en su homenaje repitiendo cantos de perdón anticipado por la necesaria acción que acometemos.
Allí ante ese tótem, pedimos que su espíritu refiera a los temerarios jaguares de la selva nuestra admiración y nuestro trato ejemplar. Sabemos que sólo así los rituales fructificarán haciendo posible el imprescindible encuentro.
Mi pueblo necesita sobrevivir, fortalecer su espíritu y asegurar con un designio mágico la presencia de caza, asesinando cada año a nuestro máximo dios.
Al iniciarse la búsqueda siempre impera la desesperanza, pero tan pronto encontramos la primera de sus huellas, la festejamos recogiéndola a puñados en una bolsa sagrada de cuero: sabiendo que así en adelante su paso quedará emboscado. Desde entonces rastreamos día y noche hasta escuchar sus rugidos. En ese momento nuestras oraciones se ofrecen por él, le explicamos a gritos nuestra necesidad de cazarlo y esperamos atentos el encuentro fortuito.
Luego de tres salidas del sol sucede una batalla sangrienta, dos de mis compañeros son heridos en los embates del asedio, pero finalmente durante aquella desgarradora lucha logramos reducirlo con nuestras flechas y lanzas, y presenciamos su poderosa agonía. Entonces lloramos.
Comprobando su muerte le abrimos las fauces para ofrendarlo con un sorbo de agua y un trozo de carne roja, le cortamos las garras para impedir que su espíritu lo anime y se vengue, o huya a denunciar su despiadado final ante los miembros de su estirpe sagrada.
Después, orando, lo enterramos con la certeza de que sus huesos como semillas lo harán renacer. Pero antes nos desnudamos, ungimos nuestros cuerpos con aquella prodigiosa sangre para adquirir su fuerza, e inscribimos nuestras manos y pies en la tierra removida... Luego lo velamos cantando, en una ceremonia que se prolongará hasta que nuestras diez huellas rojas sean borradas por la lluvia.


El Oculto
Hoy he cumplido siete años de oscuridad y abstinencia. Fui vigilado incesantemente por guardianes que tenían la inapelable obligación de no dejar que nunca el ojo sin párpado del sol me viera, aislado y condenado a una excesiva austeridad... Pero he terminado al fin mi rigurosa preparación.
Hoy seré elegido. Oficiaré el primer sacrificio. Las nubes recibirán en adelante mis órdenes. Después, según la costumbre, agradeceré a la prolongada oscuridad el estar poblado de voces, de reflejos interiores, de pensamientos profundos y de reflexiones míticas; pues se sabe que todo lo que se hace en lo visible es irreal.
Ahora dejaré de ser el Oculto -me están llamando-. Al abandonar este amado y despreciado escondite sorprenderé al Sol naciente que ignora mi rostro, lo subyugaré con mis ritos ejercitados en las tinieblas y lo asesinaré. Mañana seré yo quien surja por el oriente en Sugamuxi.

U'wa
Huimos hacia la cima. La gran montaña helada nos dificulta el camino. Mis veinte compañeras y yo transitamos fatigosamente. Es difícil ver, es arduo respirar. Atrás no distinguimos el brillo de las armaduras. Ya no nos importa ser perseguidas: nunca nos alcanzarán.
Cuando estemos sobre nuestro templo, que ellos llaman el Púlpito del Diablo, nos lanzaremos en fila al vacío. Hemos decidido abolir la humillación, jamás ser obliteradas.
Nunca perpetuaremos al usurpador en nuestra sangre: está decidido el final. No traicionaremos tampoco a nuestros dioses, que son de hielo, de tierra, de piedra, de hojas, de plumas, y que se nos aparecen todos los días...
Coronaremos pronto la cúspide y saltaremos. La gigantesca piedra negra hará más visible nuestro arrojo. Caeremos para renacer en un tiempo más propicio. Esta acción elemental no integra un coraje singular cuando se tiene la protección de una deidad que vuela, cuando se pertenece a una tribu que da a luz en las frías aguas del río Nevado y que sólo despierta su ardor para el olvido.

Casa de exilio
Todavía podrán verme?¿Podrán sentirme? Era tanta la calma que Olano creyó haber llegado más tarde a su casa campestre. El humo de la leña crepitante, los movimientos lentos de su esposa y el saludo lánguido, parecían acrecentar la sensación de irrealidad.
Inclinándose para atizar el fuego pensó en un tiempo sin correspondencias, en una instancia donde los movimientos sufrían una vaga alteración.
Al comienzo culpó a su fatiga, imaginó que la jornada exhaustiva y el sol lo habían dejado en la frontera de una fase sorprendente. La observó a ella con detenimiento, serena en las minucias de lo consuetudinario. Advirtió en su rostro una palidez magnífica, una expresión que de no ser por su cansancio habría necesitado besar.
Después atendió al juego que emboscaba a su hijo. Su monólogo infantil lo asombraba más, lo traducía a espectador de un teatro de sombras. Quiso jugar con él, pretendiendo desviarle el rumbo de sus imaginerías para convocarlo a una zona lúdica que le fuera tolerable. Pero el niño seguía abstraído en ese juego siniestro en el que preguntaba a un pequeño espantapájaros con voz gutural sus oscuros temores.
Se sentó en el piso frente a él y comenzó a referirle un cuento hasta que un lloriqueo y posteriormente un alarido de rechazo lo hizo regresar a la sala.
-Espantapájaros, ¿tú estás vivo?
Lo escuchó murmurando. Olano desolado hubiera querido que en compensación Lania se sentara sobre sus piernas, rizarle sus cabellos, abrazarla para poder participar así de esa forma del tiempo que le parecía vedada. No le agradaba verla mimando a su hijo que ni siquiera parecía advertirla; no quería observarla en esa serenidad cruel, en esa distancia de cristal.
-Lania... ¿Me escuchas? Acércate. ¿Aún puedes tocarme?
Habían temido que a fuerza de vivir allá, de tan excesiva soledad, de tanto caminar entre los árboles, terminarían por lograr un extrañamiento inquebrantable, una ausencia sin retorno.
Desde que decidieron apartarse, forzados a abandonar el inútil bienestar de la ciudad, nunca habían sospechado la transformación que podría sufrir su vida en una montaña lejana. Esa decisión no había sido tomada por cumplir algún colectivo sueño generacional, o por una falacia romántica en uso instauradora de alguna búsqueda interior. La decisión había sido asumida simplemente por una necesidad de huir (de salvarse de ese tiempo de súbitas persecuciones, de repentinos allanamientos), y de no volver a escuchar las vanas controversias, las vagas críticas de sus ex amigos, las inmóviles conversaciones donde sus compañeros patentizaban las mutaciones de una ética permisible, indulgente; mientras él creía que la moral pertenecía a los derrotados: es por seres como nosotros que alcanzará su supervivencia.
Allá las masacres, las traiciones y las calumnias -recordó-, e incluso la verdad; parecían dejar menor rastro que una efímera aventura erótica.
-Olano, háblame, siento como si estuviésemos en un desierto. Parece que no hubieras regresado. Dime si aún me perteneces...
Las causas de ese exilio fueron numerosas, sin embargo como todavía la desolación persistía supuso que la decisión había sido equívoca, porque ahora no tendría una disculpa convincente para cubrir sus desprendimientos. Bajo los árboles, más próximo a las estrellas, más despojado (o sea más esencial), creía que la eclosión de sus vacíos era irreductible. Los temblores del fuego y el monocorde ruido de la noche campestre continuaron atemorizándolo. Pensó con terror que los tres podrían desaparecer y sería difícil que alguien lograra enterarse.
-Acá el miedo tiene un vasto territorio. La vegetación, los animales... Las sombras poseen un dominio inexpugnable, los sonidos... En la ciudad el miedo es más humano, más vacío...
Lania se acercó y sin observarlo jugaba con la luz de una vela. Sus dedos se reflejaban como troncos de árboles en el techo. Cuando Olano callaba se oía la voz del hijo formulando sus imaginarios artificios propuestos al espantapájaros.
-Es como si todo se hubiese detenido. Hace días que no veo a nadie más... a ti, al niño. Tú hablas ocasionalmente con algún campesino, nosotros jugamos, esperamos... Y nada sabemos aún de tanto frío.
Sin duda el lugar era distante pero ante una situación tan extrema seguía siendo peligroso -tal vez ellos los encontrarían para el horror-; sin embargo ahora sólo podría explicarle que el cielo estaba despejado, que era noche de luna... Porque el ambiente poseía una acepción metafísica que lo condenaba a ser elusivo.
-¿Olano me escuchas? ¿Dime si puedes verme? Mírame, estoy temblando.
Él creyó que debían descansar. Primero tendrían que hablarle al pequeño espantapájaros para convencer al niño, mientras Lania acariciaría su frente repitiendo monosílabos, cantando algo monocorde hasta advertir el regular ritmo de su respiración. Después escuchando ladridos en la distancia se descalzaría y se desprendería de toda su ropa, luego liberaría su cabello antes de maldecir otra vez el frío al meterse en el lecho.
Olano permaneció en silencio observando las sombras a través de la cortina. Corrió el velo y se dirigió a la cama hablando para sí mismo sobre la extrañeza de la noche. Escuchó la voz ronca de su compañera que lo requería a su lado. Ella creía en el amor, en el sexo con sus cosmogonías, en el amuleto que podría configurar con su cuerpo entrelazado.
-También piensas como yo... No has supuesto durante un terrible instante que ya vinieron por nosotros... Tiemblo tanto, acércate... ¿Aún puedes sentirme? ¿Crees que esto -dijo con la certidumbre de su piel- puede engañar a tu miedo? Olano, soy como de viento, me siento tan suave, desplegada...
Apagó la vela. Él no tendía sus manos, no acercaba sus rodillas, no quería pasar por la fatalidad de un nuevo y definitivo sobresalto. Ambos miraban las indecisas ramas proyectadas por la luz de la luna. Olano mantenía abiertos los ojos y observando el cielorraso esperaba que ella decidiera tocarlo. Temía esas sombras, esos ruidos vegetales que anteriormente lo habían cautivado. Quiso prender la vela pero seguía sumido en una inmovilidad entrecortada; se lo impedía el demostrar su pavor, el verter sus angustias.
Respiró, entrelazó las manos sobre el pecho, cerró las piernas. Y de repente oyeron un alarido estremecedor del niño. Olano saltó de la cama y prendió una cerilla mientras Lania acudía presurosa en la oscuridad. Escuchó aterrado los gritos y corrió al encuentro de lo increíble. El niño con el cabello ya invadido se debatía atemorizado. Y entonces Olano observó también las innumerables, diminutas sombras que se desplazaban por la espalda, por los hombros de ella. Y comprendió desgarrado, dilucidó para siempre lo que les había ocurrido; antes de que sintiera el rítmico caminar de un ciempiés subiendo por sus piernas.



Última actualización 16/10/2018 03:21:36 p.m.Noticias de literatura

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