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Deslumbrante imaginacionNoticias de literatura
Por: Revista Confabulacion


La explicacion del Genesis Un unico Dios La historia del pueblo judío. El motivo de ser del pueblo elegido.
La tarea trascendental del pueblo elegido. Las políticas de la Iglesia Católica. El fin del politeísmo.
El hilo conductor jamás revelado de uno de los libros más leídos y tal vez  menos comprendidos:
La Biblia.
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Deslumbrante imaginacion Noticias de literatura
18/7/2016 |

Releer estos cuentos de magistral hondura, de deslumbrante imaginación es volver a los pliegues ocultos de la poesía que transita en la significativa obra de Gonzalo. Los entregamos con regocijo a nuestros lectores, confirmando una vez más la máxima sentencia de Luis Cardoza y Aragón: Poesía, prueba concreta de la existencia del hombre. A.O.




Walpurgis
Las plegarias de ellos no han sido escuchadas. Yo, la hija del sauce, la de larga cabellera, la perseguida, la versada en nudos, la que conoce el idioma de las hojas y el silencio de la semilla, la temible bruja, soy quien puede salvarlos.
Observo con desprecio los iconos prisioneros. Por una extraña paradoja mi nombre es Elena de la Cruz, pero -repito- soy la recíproca, la lectora de la luna, la sombra ardiente. Por otra inexplicable contradicción una santa inglesa (Walburga) bautizó la noche suprema que hoy 30 de marzo festejamos: la alianza intensa y elemental de Walpurgis. Ya todo ha sido previsto.
...Y las ramas de muérdago repartidas por los beatos, las hogueras encendidas por los subyugados (por los humillados, que pretenden alejarnos del estrecho espacio que iluminan con leña temblorosamente), no serán eficaces ante nuestro poder extenso, renaciente, humano... Somos muchas las convocadas a Tolú para oficiar la gran ceremonia en Palo Güeco.
La irreductible belleza, la danza, la risa, el ritual de la fecundidad, el imperio de la noche, son tan imprescindibles como el ostentoso reino del sol, y hoy nos corresponde demostrar a la aquiescente comarca la eficacia de nuestra sabiduría sombría. Toda verdadera creación eclosiona en el mundo de las tinieblas...
Ya advierto el murmullo de la multitud y distingo atado a una estaca el gallo del sacrificio. El tiempo nublado favorece el sabbat. Las sacerdotizas y los asistentes me reconocen en la oscuridad haciendo un círculo alrededor mío. Con música de tambores comienzan a bailar juntando las espaldas... Yo, siendo la última en desnudarse, procedo a destapar el prodigioso fetiche de madera que despierta exclamaciones o palabras rotas por el miedo, y verifico que todos los asistentes renieguen del atormentado Cristo, inclinándose para besar el ano de nuestro tótem feliz.. Escucho el revoloteo del gallo entre las voces. La danza se arraiga: participamos de la delirante ronda del aquelarre.
A media noche, después de numerosos cantos rituales, pases mágicos y diseños dibujados con las manos, acostamos en la arena al poderoso y total dueño del vacío, y galopando sobre él recibo el alma, el clamor de sus intensidades, la fecundación que se propagará a las semillas, la amistad del fuego, la sumisión de los viajeros de la noche... Todo el amor me ocupa por ser la elegida; durante la ejecución de mi sublime acto soy el símbolo triple: la oficiante, el altar sensible y la comunión; soy todo, es decir dios: pero nunca seré él.
Terminado el introito de la misa, ponen sobre mi dorso las figuras de barro del último muerto de la aldea y la de un niño recién nacido, las arrullo diciendo las oraciones previstas. Honramos también al espíritu del maíz desatando mi cabellera y arrojando puñados de granos sobre la desnudez de mi cuerpo boca arriba...
Nos enredaremos como raíces, fluyendo, intercambiándonos; y blancos, negros, indígenas, ricos, pobres, esclavos... seremos idénticos bajo la única posible y propiciadora igualdad: la noche.
Por una disposición mágica, somos nudos errantes fortaleciendo la siembra efectuada en nuestros campos ésta semana como preparativo del Walpurgis. Más tarde bebemos un sorbo de agua, tomamos un puñado de tierra y me es entregada la antorcha mayor.
Bajo el sonido de los tambores muchos pueden conmigo curar sus enfermedades, ser amados, descubrir la religión del deseo, conversar con sus muertos necesarios...
Pero después de tomar al gallo negro entre mis manos y que subyugándolo lo ame para retardar su canto (y por último ante la amenaza de la aurora lo decapite para bañarme con su sangre caliente), encarcelaré los tres iconos raptados de las iglesias vecinas en una jaula hecha con árboles consagrados a nuestro magnífico guía, y atizaré las injurias e imprecaciones de la multitud que recordará sus oraciones inatendidas.
Castigaré durante toda la mañana a los tres pintorescos santos tallados, embellecida por sacrílega, y obstinándome los avasallaré con palabras y lianas durante los días siguientes, forzándolos a obedecer la orden de hacer la lluvia. Su triste dios crucificado deberá responder... Mi dueño, más poderoso, jamás recibirá la precaria súplica de un milagro menor.

Jaguar ahuasca

El dios verde, el dios bejuco, el rey de los vegetales, el yahé, me aguarda en estas lejanas tierras del Sibundoy.
Mi maestro, el gran taita Riazeyue, dispone el ritual con la convicción de que durante esta noche el Jaguar me encontrará para siempre. La iniciación ha sido estricta y prolongada. Hace siete años el emblemático felino me eligió en una noche de violencias y desgarraduras... He ido aprendiendo. Lo he visto catorce veces en esta ardua temporada de preparación, he huido de él, lo he seguido, incluso lo acompañé en exhaustivas empresas de caza.
Nunca descreí de su poder, ni siquiera la primera vez cuando sólo pude ver durante un parpadeo al chamán con pelo de fuego... Supuse que también allí, en esa imagen inútil, estaba acechando el Jaguar.
Mi iniciación ha ido fructificando. Hoy, escucho los sonidos de la violenta selva nocturna en un granero húmedo, contemplo las excesivas estrellas y acompañado del taita Riazeyue me dispongo para la toma capital, para la cura esencial, para la irreductible metamorfosis.
Sube la noche. Preparado escucho el cascabeleo de la guairasacha en la mano del chamán, y comenzamos a beber con intervalos propicios por siete veces al dios verde que se protege con su nauseabundo y amargo sabor. Oigo durante horas el canto monocorde del oficiante, sufro la sucesión de este vómito inoloro y espero. Estoy inmóvil, tendido boca arriba, sé que el mínimo movimiento me acercaría a la náusea. Cuando cierro los ojos se impone el vértigo de las imágenes, las sucesiones, las fugas...
De la primera fase: la purificación física, ingreso a la catarsis interior y después de la medianoche a la concentración: la alucinación. Si abro los ojos estoy en el granero, escuchando el ruido de las fieras, el gemido de las víctimas, el canto de las hojas y de los insectos; pero si los cierro sé que vendrá el Jaguar y debo temerle.
Es importante que pierda este combate: es preciso someterme a la alquimia de la desgarradura, a la fértil derrota.
Inmóvil, siguiendo mi respiración, me enrollo, caigo, me alejo de mi cuerpo. Me encuentro caminando por la selva. Veo sombras que me producen sobresaltos. Entre los árboles realizo un paseo extenuante. Recorro meandros inextricables. Y de pronto lo veo saltando hacia mí. Oigo sus rugidos, advierto su agilidad, su majestuoso cadenceo, y me opongo inútilmente con mis vanos recursos. Declino. Me rindo. Siento los zarpazos y dentelladas que me van devastando, y por último asisto a su terrible y prolongada ceremonia de devoración.
Cuando el Jaguar concluya, nada quedará de mí y habrá amanecido. Si sobrevivo, estaré dentro de él -seré él con todo su poder, su espíritu, su fuerza, su astucia y su sangre; cada vez que a través del dios verde acuda a la facultad de volver a su forma, a su magnífica vestidura-. Si me salvo, lo sabré porque el taita Riazeyue vendrá a llamarme por mi nuevo nombre, a guiarme con sus danzas y cantos hacia el río.

Para Antonio Correa
La condena

Hoy debo escapar. Me he puesto las alas trabajadas clandestinamente durante cuatro meses y acabo de beber la sabia infusión enviada por el guía, por el oculto Roj Alik, pese a su funesta advertencia. La luna llena partida por los barrotes de mi estrecha celda parece desatar un viento intenso, que sospecho, podrá ayudarme.
Parado con las alas extendidas, espero que el bebedizo alcance a mi sangre. Pronto las sombras y los ecos se intensifican. Los sólidos muros de piedra comienzan a ondularse en mi mirada. El olor del mar es más intenso. El pensamiento me hace levantar y me conduce hacia la pequeña ventana; reconozco dentro de mí al pájaro que viene en mi búsqueda. Se hace imperioso creer en la respiración.
Arrastrando mi pintoresco vestuario cierro los ojos, mi cuerpo no encuentra la oposición mineral y atravieso el centenario muro. El artilugio ha dado resultado. Encontrándome en el aire, a varios metros de altura, vuelo asustado en la dirección elegida. Aleteo durante horas sobre el nocturno y convulsivo mar que acecha mi caída. Haciendo acopio de todas mis fuerzas continúo hasta arribar a mi destino. El brillo del mar desaparece, y más tarde al comprender que puedo descender, con cautela busco un lugar propicio en la playa solitaria.
Fatigado me acuesto apoyando la cabeza sobre las alas para dormir. Entonces me agito en el sueño. Me adentro en su reino misterioso y la pesadilla se impone desgarradora: me veo en el amanecer agredido por el estrépito metálico de los guardias, me veo haciendo la larga fila de presos como durante los tres últimos años, me veo después en un patio cercado por electricidad, y en la sombra escucho en bocas de mis irascibles compañeros de prisión el imposible deseo de la fuga.
Sobresaltado me despierto comprobando lo terrible de mi liberación: encarcelado dormía para ser libre, ahora para recobrar mis aciagas fronteras. Develo la cautelosa razón que Roj Alik oponía a mi huida, y sé para siempre cuál es la despiadada condena que asediará implacablemente a mis sueños.

Para Ignacio Ramírez

Amanita muscaria

Aún soy Ian el alpinista -pronto seré un mineral o una hoja- y hoy he decidido con Eric escalar sin cuerdas el escabroso pico que los nativos llaman Cabeza de Venado.
Estamos tranquilos, no es posible el fracaso. Sabemos que nuestros cuerpos, mediante una alquimia interior, se convertirán en la misma materia de la montaña y seremos piedras errantes que se desplazarán lenta, obstinadamente hacia la cima.
Sentados, observando el horizonte, llega la hora prevista para dar comienzo al ritual, y procedemos a comer los hongos elegidos que hemos recubierto de miel.
Esperamos.
Con lentitud vamos entrando en un tiempo de destellos, de analogías, de risa desatada, de afloración de ojos, de percepciones inquietantes.
Luego, sin frío, con la identidad abolida y una fuerza nueva, somos piedra, tierra, arena, follaje... Nos desnudamos para que el sol reconozca nuestros nuevos cuerpos aliados al vuelo de la respiración...
Y cuando el alimento sagrado se abre en nuestra sangre, advertimos el poder de la metamorfosis asidos a la montaña que entonces nos es revelada. Y durante aquella singular mutación, para poder sobrevivir en el camino vertical, concentrados en los meandros del ascenso, atentos a las confesiones de la tierra, sólo tendremos la difícil precaución de nunca obedecer a nuestros nombres.

Sabbat

Rael al ver su desnuda belleza aceptó. La vio ungiendo la escoba y realizando unos pases mágicos y aún sin creerlo se encontró ascendiendo, estremecido por el viento, volando sobre un bosque de sombras. La velocidad y el golpear del cabello de la hechicera en su rostro casi le hacían perder el aliento. Atemorizado pensó en su esposa, sus hijas, su fortuna, y se arrepintió de su inexplicable decisión de asistir al misterioso festín. Comenzó a gritar para que ella descendiera, le suplicó que no lo llevara al sabbat, que renunciaba para siempre a su juramento y a su exaltada curiosidad.
Al fin, disuadida, ella decidió aceptar sus ruegos injuriándolo y lo hizo víctima de sus maldiciones más oprobiosas dejándolo en tierra. Rael temblando escuchó su risa que se perdía en la distancia. Con terror caminó hasta caer de cansancio, insultándose, lamentando haber aceptado la propuesta de la bella mujer que quiso iniciarlo en ese oficio de sombras.
Esperó vigilante el amanecer, y cuando el sol le mostró una atmósfera enrarecida, su desolación imperó al no comprender casi las palabras de la gente, las costumbres de los campesinos, los techos de las casas, el paisaje. Arribó a la aldea más próxima y cauteloso hizo las preguntas que lo hicieron desvanecer. Supo que vivía un tiempo anterior, el breve vuelo -si no lo había matado- lo había regresado setenta y dos años: nadie podría creer su infortunio. Mendigó, aceptó trabajos a cambio de comida, intentó repetidas veces el suicidio, y en varias ocasiones caminó hacia el lugar donde fue abandonado la noche del rito, clamando por el retorno de la inventora de su desgracia.
Nunca obtuvo respuesta. Con los meses optó por adaptarse, por callar sobre su pasado, por reiniciar su vida en esa provincia. Reflexionó desesperado sobre todas las formas de regresar, e incluso visitó a los hechiceros más doctos y temidos de su país. Trabajó para dejarse esquilmar por toda clase de ocultistas. Indagó con obsesión en el esoterismo. Por último decidió detenerse en su búsqueda infructuosa y olvidar la terrible herida producida por el recuerdo de su vida anterior, es decir, de su inexplicable porvenir. Buscó otras rutas interiores, se acostumbró a un trabajo elemental y se enamoró.
Al cumplir cuarenta y cinco años contrajo de nuevo -o por primera vez- nupcias. Amó a su esposa con aburrimiento, trabajó sin esperanza, decidió aturdirse bebiendo todos los días en riguroso silencio, y engendró un hijo.
Pocos creían sus críticas, sus reflexiones desesperanzadas sobre el porvenir. Un día después de hablar sobre la futura llegada del hombre a la luna, discutió por un motivo intrascendente con su hijo de siete años provocándole el llanto, sin imaginar que eso derivaría en el desciframiento de su historia. El fotógrafo del pueblo advirtió expresivo el rostro del pequeño lavado por las lágrimas y obturó su rudimentaria cámara.
Rael continuó su tedioso devenir hasta cuando el anónimo artista decidió tocar en su puerta con la ampliación virada al sepia de la fotografía. Ese día lo comprendió todo. Conocía con precisión la imagen. Comenzó a dar alaridos, se mordió los labios, golpeó su cabeza contra las paredes. En su vida anterior vio muchas veces con detenimiento esa fotografía de aquel chico llorando, de su abuelo de niño, desolado -según decían- por la locura de su padre. Lloró, gritó, no podía aceptar esa trampa del tiempo, no volvió a conciliar el sueño y sintió que la crisis se avecinaba inexorablemente.
Vino el delirio. Años después recluido en un distante sanatorio observó a su hijo que traía de la mano a su prometida con la intención de presentársela, la miró fijamente, llamándola por su nombre ante la perplejidad de la pareja. Luego maravillado contuvo su exasperación y entendió su destino, supo que volvería a nacer, y que en aquella vida aceptaría de nuevo la invitación a un sabbat que sería su desgracia, su cárcel de tiempo. Los abrazó por última vez y con obstinación les hizo prometer que nunca regresaran y que esa negación recaía también para sus dos hijos aún no engendrados: para su latente padre.
Ellos asustados lo juraron y salieron de allí comentando el incidente, sin saber si era lucidez o incoherencia, del hombre que al fracasar en su promesa de olvidar el porvenir, se refugió en la locura, para poder entregarse en silencio a un incesante viaje por sus sangres.



Última actualización 24/04/2018 03:21:36 p.m.Noticias de literatura

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