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Mi alma mater o la embrolla de la AcademiaNoticias de literatura
Por: Carlos Fajardo Fajardo


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14/3/2017 |

Cuando Pedro Baquero me entregó el manuscrito de su novela Alma Mater, con una cierta sonrisa de cómplice me advirtió que en ella encontraría, en buena parte, una radiografía de la realidad de nuestra vida académica universitaria. En efecto, sus páginas fueron develando las caras de una institución que ha desterrado sistemáticamente de sus esferas no sólo la idea de una academia crítica, reflexiva, polémica, sino al pensamiento nómada, creador, analítico, poético. Sus estructuras marchan más hacia una universidad prestadora de servicios y de gestión empresarial, que hacia una institución formadora de pensamiento resistente y re-existente, sensible, ético y estético. Es el síndrome de lo tecno-administrativo versus la pulsión critico-creativa, libertaria.
No otra atmósfera es la que se respira en las páginas de esta inquietante y estremecedora novela. El narrador, un profesor atormentado, atrapado entre el deseo de renunciar a la vida universitaria, tediosa y estéril, y el ser esclavo de un tramposo confort de funcionario oficial, que bien o mal le aseguran cierta comodidad y una futura pensión. El ninguneo, la marginalidad, el exilio, el destierro al silencio, es el destino del protagonista, quien paga "las culpas" por ser un desadaptado de las exigencias de la vida universitaria. Como un sonámbulo divaga por esta universidad de nuevo tipo, emprendedora, realista, es decir, indulgente y neoesclava. He aquí la suerte de los viejos académicos, de intelectuales y artistas: desterrados del ágora polemista, únicamente les queda pasear su incómodo cuerpo por las trampas burocráticas administrativas de una universidad en ruinas, destrozada.
"Algo tienen las burocracias que desaniman la creatividad. Las estructuras jerárquicas se llevan mal con la libertad creadora. Tienden al centralismo y a la hegemonía", nos dice el poeta Gabriel Zaid. Entonces, el narrador sufre el gigantismo de dichas burocracias, gestionales y existenciales. Sin embargo, no registra su drama con una vacua queja, sino que, con irónica lucidez, hunde la aguja de la parodia en las llagas del sinsentido, en la agonizante imagen de una absurda y aburrida existencia académica.
La ironía es ante todo una apuesta crítica que cuestiona, desmitifica las verdades de las mentiras y las mentiras de las verdades. Las páginas de esta novela están cargadas de ese escepticismo lúcido que el protagonista transporta como piedra de Sísifo, volviendo sobre ella para sentir de nuevo el absurdo, el vacío, el tedio que lo llena todo. Ironía que al desgarrar el velo, muestra el trasfondo de un escenario donde los actores se mueven cual marionetas prisioneras, adoctrinadas en la fe de sus manipuladores. Así, por ejemplo, en la figura del burócrata Lisímaco Ladino se sintetiza con sarcasmo a los funcionarios administrativos que, con astucia, audacia y viveza de reptiles, se arrastran tras las espaldas de sus jefes de turno, para conseguir puestos, sin importarles su dignidad ni la de los otros. Este personaje es la imagen de los mandos medios que se transforman en agentes promotores de la destrucción de la universidad humanística, para imponer una empresa efectista, administrativa, de competencias, destrezas, habilidades y de expertos ecónomos. "Así es la universidad en todas partes, o hace negocios o desaparece. Es el nuevo espíritu de la universidad del Siglo XXI", sermonea el futuro Senador Lisímaco.
Burlándose de dicha condición, el anónimo narrador está a punto de renunciar a su rutinario y ridículo trabajo y a su inútil vida. Al caricaturizar el mundo académico, lanza una mueca de rabia y de impotencia ante semejante insoportable Leviatán de mediocridad. Desacraliza y desentroniza una y otra vez a estudiantes, coordinadores, a colegas, a mandos medios administrativos; a su esposa Sonia; a los procesos de acreditación -esa embolia de la academia mal llamada de Alta Calidad-; a la estandarización de las pruebas Saber Pro; a la investigación estéril e inútil; a intelectuales de café y poetastros de salón; a los turistas académicos que viajan a cuanto evento y encuentro puedan, como relacionistas públicos; y a su amante Anaís Fonseca, quien, con su apariencia contracultural, fluctúa entre el deseo de abandonarlo todo y el sueño de ser al fin y al cabo, una funcionaria eficiente, de confianza y obediente a la institución.
En un momento, el narrador pregunta: "¿Qué somos hoy los profesores universitarios? Una casta caída en desgracia que perdió prestigio y credibilidad, sometida al escrutinio externo y obligado a rendirle tributo a la eficiencia. Una estirpe de ídolos vencidos por las lógicas de la administración y del mercado. Una masa amorfa de competidores en una carrera de obstáculos, dispuestos a eliminarse mutuamente, a hacerse zancadillas, para asegurarse una plaza el próximo semestre. Una horda de burócratas dedicados a rellenar formatos para demostrar en el papel su idoneidad".
Tal es la visión del mundo universitario que aquí se retrata, donde al docente se le ha reducido a ser un funcionario legitimador de la multifuncionalidad; un servidor condescendiente que transmite, gestiona, defiende, ejecuta, difunde las normas del establecimiento; un tecnoadministrador de la academia empresarial. No hay espacio para impulsar lo nuevo a contracorriente y, por supuesto, para aquel que, en palabras del poeta Saint John Perse, rompe la costumbre.
Desde el fondo del abismo vital y académico, surgen estas desgarradoras verdades que más que risa dichosa son muecas de orfandad y desdicha. La novela, con un cierto nihilismo anárquico, pone en crisis a los legitimados y poderosos estamentos de una institución que se ha convertido en un malestar para intelectuales, artistas y profesores creadores. De allí que en ella se fusionen, de forma fecunda y magistral, la voz del novelista con la del ensayista; el conocimiento intelectual y la pulsión poética. Ambas se retroalimentan y se integran. Creación y pensamiento, Poiesis y entendimiento. Alma Mater sintetiza la idea de una narrativa creadora de inquietantes preguntas. De por sí, en esta novela se edifica una escritura de ideas que reflexionan el drama y no se limitan a padecerlo. Quizás sea este su mayor aporte, pues dialoga con la gran tradición novelística que, al decir de Milán Kundera, nos ofrece "metáforas que piensan". Es posible que esta novela sea, como siempre sucede con la verdadera escritura, una autobiografía del autor, cierta radiografía de sí mismo. Ese alter ego del novelista explica la pulsión irónica detrás de la trama. "Desconfiemos de aquellos que no se ríen de sí mismos", nos recuerda Robert Frost. Y esa risotada, fuerte y perversa, lleva también al lector a reconocerse como protagonista, y no solo telón de fondo de lo narrado.
"¿Cuánto de las vivencias del escritor quedan enredadas en las páginas que escribe?" reflexiona Antonio Tabucchi, y es claro que en los textos que escribimos quedan nuestros espectros y fantasmas, nuestras almas errando de forma consciente e inconsciente, cual realidad paralela dentro de la ficción. Citando de nuevo a Tabucchi, tal vez escribimos "nuestras autobiografías ajenas".
Pedro Baquero ha escrito una novela que no sólo muestra, sino que denuncia el estado actual de nuestra cultura universitaria, labor por cierto bastante arriesgada y valiente. Denunciar, con lucida ironía, provoca en este país urticaria, enferma a muchos de envidia, pone ante el paredón de críticos sicariales al escritor. Este se expone a ser víctima de peligrosos estallidos de cólera, a vituperios y juicios más que estéticos, morales. Tal es su apuesta y desafío. De allí que, a manera de estocada final, el narrador lance esta acertada sentencia "los poetas no tienen nada que hacer aquí. Academia mata poesía, dice Gonzalo el poeta".



Última actualización 17/10/2018 03:21:36 p.m.Noticias de literatura

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