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Por: Luis Buero


La explicacion del Genesis Un unico Dios El Génesis al fin resuelto. La explicación científica del relato bíblico de la Creación.
¿De que hablan los dos relatos de la Creación de La Biblia?
En el relato existe un observador, quién narra lo que observa. Y una ubicación muy precisa desde donde observa.
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30/11/2011 |

Bullicio en contaduría: Javier es ascendido a Encargado el mismo día de su cumpleaños número cuarenta.

“Deberías estar contento, Javier, y mirá la cara que tenés…” le dice el sereno que lo descubre haciendo horas extras. El anciano elogia la simpatía de la mujer de Javier y la candidez de su hijito de ocho años.

Javier se queda dormido en el trabajo y tiene un sueño o alucinación muy clara: se ve cuando era pequeño, de cinco o seis años de edad, caminando de la mano de su padre por la calle Guardia Vieja. Con ahínco su mente afina la mirada y ya desde el niño que fue, como si sus ojos fueran una cámara curiosa, se va acercando a la antigua casa. Javier saluda a su abuela que está en la vereda saludando a un afilador de cuchillos. Javier cruza el zaguán y el vestíbulo y ya por su cuenta penetra en la salita donde su madre está tomando lecciones de piano a una adolescente. La mujer, con una sonrisa en los ojos le pide silencio y sigue controlando la ejecución de Para Elisa por parte de la chica. Javier cruza el patio y constata su mundo de cosas ordenadas: la glorieta que da sombra, las macetas, las baldosas negras y grises, el canario inquieto, el olor a ají verde que se está asando lentamente, el tío Santiago afeitándose en el patio frente a un espejo redondo colgado debajo de la escalera, y por sobre todas las cosas, su vista se detiene en el triciclo estacionado frente a l lavarropas, listo para subir y girar y girar.

Javier pide salir más temprano los martes y los jueves y promete compensar el tiempo quedándose hasta media noche los lunes y viernes. Sus compañeros no saben qué le pasa y se burlan: primero lo bautizan “oreja”, después le atribuyen una aventura amorosa.

Javier faltó al trabajo nuevamente, y trata de hallar sin éxito, entre chapuceros, negocios de antigüedades, la cama que perteneció a sus padres.

Javier pesca mojarritas con su hermano menor en las piletas abandonadas de Núñez; su padre se ha dormido en el pasto y la radio que no suena para nadie de allí, anuncia una nueva revuelta militar.

La doctora Levy le comenta que los niños saben qué hacer con su amor a los padres, pero no tienen permiso para otras sensaciones. Habla de sentimientos de culpabilidad, de tendencia a la regresión, de inseguridad. “Yo soy lacaniana” le aclara, y pactan verse los martes y jueves a la noche.

Javier estrena unos pantalones largos paseando con su tío en el flamante Siam Di Tella modelo 62 color verde agua, y siente el gusto de los caramelos ácidos Sugus mientras adivina la cara de los pescadores que ve espaldas, absortos, inmóviles, apoyados en la escollera de la costanera norte.

Javier está sentado frente a la doctora Levy, le cuenta que de pronto su mente viaja al pasado, sin que él lo desee, y lo superan recuerdos melancólicos de otros tiempos con fuerza de realidad. La doctora lo felicita por su decisión de hacer terapia y le aclara que para transitar el camino que le espera se requiere mucha valentía y humildad.

Javier recorre las calles de su infancia y busca el lugar donde nació. Mario Bravo 734 le dice al taxista y llega bien, pero su casa natal no existe más. Un esqueleto de hormigón armado llena el aire de polvo y piedra. Javier le da unos pesos a un albañil para que lo deje pasar a ver la obra en construcción y éste lo confunde con un posible inversor y le permite entrar. Javier avanza entre bolsas de cemento y cal, tirantes de madera, caños y varillas de hierro. El viejo muro que anuncia el final del terreno (lo único que sobrevivió a la demolición) muestra vencido los trozos de empapelado de la vivienda original, y tres subdivisiones de cuartos pintadas de distinto color. Javier acaricia las paredes y va pensando: “aquí estaba la salita”, apoya su cabeza en el empapelado floreado y murmura: “éste era el dormitorio de mis padres”, y ante la pared verde, descascarada, cree ver a la abuela Cándida oprimiendo el relleno para una futura salsa en un mortero de mármol.

La doctora Levy siente que Javier se ha caído de un avión sin paracaídas. También deduce que Javier es algo más que un simple hombre solo, que pareciera ser un símbolo del Buenos Aires actual, y así lo comenta en su sesión de control o supervisión con una colega.

Silvia se dobla en la cama, tensa, y Javier ya nada puede hacer. Pronto vendrás los reclamos de ella por no haber alcanzado el orgasmo. Romperá vasos, cuadros, se emborrachará, llorará. Javier sabe lo que le espera y se acurruca en posición fetal abrazando la almohada.

Javier visita a una tía lejana donde sabe que han ido a parar algunos vestidos de su madre, un batón de su abuela, y el sombrero tipo chambergo del padre. La mujer, asustada, ve como Javier los aprieta contra su pecho, los huele, llora desesperadamente.

El pequeño Javier va con toda su familia al cine a ver “Alias Flequillo”, y se río mucho cuando el actor Carlos Serafino compone a un policía desorientado por los mensajes raros del mafioso que interpreta José Marrone.

Javier está en un bar con Norberto y María Alicia. Estos le aconsejan no descuidar el trabajo. La charla cesa y la tranquilidad del lugar se ve interrumpida por unos hombres que irrumpen violentamente en el lugar, pistolas en mano, preguntando por alguien. Dice representar a las “fuerzas conjuntas”. Piden documentos, pero no se llevan a nadie.

La doctora Levy le hace ver que el esfuerzo que él hace servirá también para que su hijo no sufra los mismos problemas. “Un hombre enfermo –afirma- perjudica a varias generaciones que lo suceden”.

Javier vaga por las calles del centro. El último subterráneo a Chacarita lo descubre mirándose en el reflejo de una ventanilla.

Silvia lo hecha de su casa, le dice que no lo quiere más. Javier le pide una oportunidad pero ella misma le hace las valijas y se las coloca junto a la puerta de calle. Javier ve como su ya ex mujer ha colgado perchas de la araña del living con pantalones y sacos de Javier que no caben en las maletas. Otra ropa está en bolsas de residuos. Javier sabe que esa “fotografía” no se la olvidará jamás.

Javier avanza primero en la fila, es el abanderado el aula, sus ojos brillan más que su jopo engominado, y luce un delantal blanco inmaculado.

La doctora Levy lo previene de las resistencias al tratamiento.

Javier oye los gemidos sufrientes de su madre y por la hendija de una puerta ve emerger a su hermanito con la cabeza sucia y los ojos apretados. Una partera habla del riesgo de los partos caseros, pero todo sale bien.

La doctora Levy le demuestra que su hijo lo admira, Javier se sorprende.

Maria Alicia habla del trance yóguico y de sus múltiples interpretaciones. Norberto dice que el conductismo es la muerte de Freud.

Los compañeros de oficina le quieren presentar una mina. Javier dice que no.

Javier conoce el Ital Park. Es domingo, lo acaban de inaugurar.

Nicolás, luego de un largo sorbo de café, expresa: “para mí todo es muy claro, un gobierno no tiene alternativas, o es nacional y por consiguiente, popular, o es antinacional y antipopular. La historia de la humanidad es la historia de los nacionalismos contra los internacionalismos, lo demás es pura consecuencia”.

“A nadie, nunca, le dije esto…”, confiesa tímidamente María Alicia y baja la mirada.

“Para el inconsciente de los hombres la mujer no existe, o son putas o son madres” –insiste Norberto, y agrega, “y para el inconsciente femenino los hombres tampoco existimos, o somos boludos o hijos de puta, nada más”. Y se ríe solo.

“¿A quién te hace acordar esa chica?” pregunta la doctora Levy, Javier se queda pensando.

Javier en el velorio de su suegro. Contempla ese rostro amarillo que se hincha, las manos unidas que se ennegrecen, el cabello grisáceo que se afina y dispersa, y se rebela ante la farsa de una segunda vida, de una resurrección, de una reencarnación. “Somos como dijo el filósofo, un chispazo entre dos nadas”, murmura. En ese instante también tiene siete años y pasea de la mano de sus padres por el cementerio, rumbo a la bóveda familiar. Javier no entiende porqué guardan a los muertos en esa absurda ciudadela. Las construcciones le parecen grotescas, y le dan miedo, mucho miedo.

Javier conoce a María Alicia, una muchacha de solo veinticinco años, y una dulzura intensa, doliente, quizás sombría. Durante días no puede apartarla de su mente y se pregunta cómo es posible que aún queriendo a Silvia pueda sentirse interiormente tan atraído por esa chica. Silvia es diferente, alguna vez fue un huracán de risas y de gestos, una almendra gigante, a veces amarga y a veces llena de sol y de fuego. Pero el tiempo la volvió demandante, insaciable, una queja gigante, constante. María Alicia, de aspecto casi adolescente, para Javier antes que nada es el símbolo de la esperanza. Un panal marino, silencioso, celeste. Algo tienen en común esas dos mujeres, según cree Javier: Dios las hizo de un solo trazo y perfectamente las extrajo de su espacio inmóvil con la habilidad de un gran agricultor. Por eso mismo, Javier descubre que no puede acceder a esa experiencia momentánea que tanto lo llama; percibe con intensidad que un engaño así y por partida triple, lesiona lo más hondo de la dignidad humana.

La doctora Levy sonríe y Javier le pide por favor que no se muera porque él solamente habla con ella, y a ella le ha entregado todos sus secretos y confianza. La doctora Levy le contesta con ironía que no tiene pensado morirse por el momento, y él toma esa respuesta como una promesa.

“Cien gramos de picada y un hueso para el caldo” pide la anciana, mientras Javier espera a que lo atiendan. La mujer rasca el fondo del monedero y cuenta, como si fueran de oro, diez monedas miserables. Luego paga con ellas y dos billetes arrugados mientras mira irse el dinero hacia la caja como si fueran hijos que parten hacia la guerra. Javier suspira y reflexiona con culpa: “esta vieja casi no le alcanza para comer y yo pagándome un análisis”….

Javier viaja a Punta Lara y se sienta frente al río; rememora los asados de truco y vino de su tío, los paseos en el Siam DiTella, después avanza en el tiempo y vienen a su mente los picados de fútbol, la primera novia oficial explicándole a su familia cómo cocinaba el pescado a la criolla, y los últimos tangos de la tarde, junto a la cadenciosa gramática peruana del negro Marthineitz desde la radio.

A Javier le duele en el alma reconocer que los animalitos del carrusel del zoológico, a pases de la calle Cerviño, están intactos. El calesitero no se sorprende ya que mucha gente solitaria va a buscarse cada tanto en la alegría de esos niños, cumpliendo una estricta orden interior.

“Sus padres le dieron todo lo que podían darle”, afirma la doctora Levy. Un rato después le sugiere: “modifique la frase: tengo culpa por , y diga en cambio: tengo derecho a…”

Javier le teme a la palabra “pero” que divide dos partes de una oración orientándose siempre hacia lo imposible, y odia el pluscuamperfecto “hubiera o hubiese”, quiere desterrarlo de su ser.

“Ya que usted me pregunta yo le informe, utilizo el método de reducción fenomenológica de Husserl”. Javier no entiende a la doctora Levy y no exige mayores explicaciones pues siente que está progresando y eso solo le importa. “Somos un Yo por y con otros”, comenta luego la doctora, y él no lo olvida.

Javier chupa un caramelo tricolor que le regaló su padre. Ha ido en tranvía a visitarlo al lugar donde trabaja.

María Alicia tiene lágrimas en los ojos pero sonríe, de alguna manera está feliz. Javier ha encontrado una amiga en su compañera de trabajo. Nadie sabrá de ese amor que no pudo ser.

“Mi papá es un genio” enfatiza su hijo. Javier se sorprende.

Un médico apoya la rodilla sobre el voluminoso vientre de la parturienta. Una partera asistente insiste en que los partos caseros son peligrosos. Javier se niega a nacer, parece asfixiarse, de pronto ve una luz naranja.

Toca dos o tres veces el portero eléctrico y nadie contesta. Luego de un rato ve salir del edificio al encargado, siempre impecable con su uniforme gris y su corbata blanca. El hombre lo reconoce, sabe que Javier a esa hora tiene cita para la resurrección en vida, y con su calidez provinciana le da la pedrada en el oído: “la doctora Levy falleció el domingo por la noche, y la enterraron ayer…”

“Al tiempo, ¡que detenga su corcel!” lee Javier en un poema.

“Robinson Crusoe en Marte” en el cine Medrano, ochenta centavos, Javier se ríe porque su abuela pega un grito cuando el personaje casi se cae de una montaña.

Javier dice “puta” en el recreo; la señorita Ema se dio cuenta y lo lleva de una oreja al baño para lavarle la boca con jabón. Años después, en otra clase, Javier aprende que la p, la u, la t, la a, son fonemas que en el plano del significante pueden combinarse como pata, pito, pete, y otras variaciones con sus respectivos morfemas, aunque Saussure no indica que algunas estructuras pueden acarrear serios inconvenientes. Mientras tanto, en la calle, Javier descubre que, ajenos a estos cuestionamientos semánticos, e indiferentes a la señorita Ema, los adultos abren la boca solo para decir puta, puta, y puta en distintas frases e insultos.

Silvia le escribe una carta e insiste en que lo quiere.

Javier deja terapia y el trabajo.

Irán, Estados Unidos, Israel, los árabes; Javier lee con horror las noticias de secuestros en Colombia, y le parece escuchar a su madre decir “antes estas cosas no pasaban”.

“Antes” terrible palabra, “antes”, paraíso perdido para siempre. La doctora Levy anota.

Javier, totalmente borracho, es golpeado por dos vagabundos. Un médico, indiferente, firma al pie de una planilla.

Javier no quiere levantarse de la cama. Los demás lo ven durmiendo, pero él está subido a un triciclo y da vueltas y no puede dejar de reír y de girar. La enfermera trata de convencerlo de que el almuerzo es necesario.

Javier siente el gusto de la hostia por primera vez.

“Y pensar que el hijo, que tiene solo ocho añitos, está trabajando en una obra en construcción para ayudar a la madre, que también trabaja”. Javier reconoce la voz de una tía lejana, entiende que hablan de su hijo. Se para de golpe, corre hacia la mesa de informes. Otra enfermera, sorprendida, le alcanza el teléfono: Silvia le confirma que el chico hace changas para el primo que es capataz y así aprende el oficio, pero igual no dejó el colegio.

“Su hijo, su hijo”, parece retumbar en los pasillos la voz de la doctora Levy. Javier roba unos pesos de la cartera de la enfermera que le dio el teléfono y sin cortar sale corriendo y toma un taxi. El jefe de guardia denuncia que un paciente se ha escapado.

Javier sabe a qué obra en construcción se refiere Silvia, es la de Mario Bravo 734. Allí dirige al taxista.

Javier abandona el triciclo, se para, lo observa.

La doctora Levy recibe el llamado telefónico y la angustia de Silvia: “Ahora sí –dice la doctora- tenemos que ayudarlo todos”…

Javier baja del taxi y recorre con la mirada todo el hormigón armado. “¿En dónde estará mi hijo?”. Los peones no saben, pero Javier desesperado alza los brazos y grita el nombre del niño con todas sus fuerzas. El pequeño aprendiz se asoma desde el tercer piso, tiene la nariz sucia de cal y un birrete hecho con papel de diario. Sonríe. Instintivamente el niño se incorpora y corre hacia la precaria escalera para bajar. Javier comienza a subir emocionado y lo busca en cada uno de los pisos anteriores. El chico desciende para abrazar al padre y Javier, mientras asciende, ve cómo el patio y las macetas de la abuela se esfuman, la abuela ha dejado de pelear con el afilador, el ají tiene olor a cemento y la cama grande, las persianas y la glorieta se han derrumbado. El que se está afeitando no es su tío sino un obrero más.

Javier siente el cuerpo del niño aferrado tenazmente al suyo, certifica el dulce peso, su hermosa fragilidad, y descubre que está en el tercer piso de un hormigón armado, vestido con un saco sobre un pijama de hospital. Y enfrente, todo Buenos Aires sigue vibrando.

Mientras tanto, Silvia se ha sentado frente a la doctora Levy y ésta habrá de decirle, entre tantas cosas, que la pequeña felicidad existe, que un ser humano es una maravilla irrepetible, y que las tempestades nos acechan, solo hasta que aprendemos a caminar por el fondo del océano.



Última actualización 24/04/2018 03:21:36 p.m.Noticias de literatura

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