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Martha Cecilia RiveraNoticias de literatura
Por: Revista Confabulacion, Colombia


La explicacion del Genesis Un unico Dios El Génesis al fin resuelto. La explicación científica del relato bíblico de la Creación.
¿De que hablan los dos relatos de la Creación de La Biblia?
En el relato existe un observador, quién narra lo que observa. Y una ubicación muy precisa desde donde observa.
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13/5/2018 |

II
Con desgano, Rebeca atravesó la playa en dirección hacia la carpa que compartía con Manuel Hidalgo, su esposo. Sin prisa. Presintió lujuria en el golpear furibundo de las olas, no solo por las oscilaciones y los movimientos, sino sobre todo por una cierta tensión del tiempo previo al choque con la arena, por la fuerza interna del agua, y por la sensación posterior de calma laxa. Descalza, no notó ninguna impresión caliente en las plantas de sus pies a pesar de que la arena ardía. Su larga falda blanca, delgada, se pegó a sus piernas y realzó sus muslos largos. Su blusa, en exceso breve, cautivó miradas que la hicieron sentirse soberana. Su piel de color claro, templada, turgente, desprendió esas gotas de sudor de hembra que circula a veces por el aire, alcanza los órganos de los sentidos masculinos y los perturba, los activa, los hostiga y los posee. Se gustó a sí misma. Comparó su estampa con la de otras mujeres en la playa y la encontró superior, perfecta. Mundana. Se enorgulleció de su propia imagen, de su belleza, de su ubicación en la vida, su matrimonio perfecto y su existencia plena. Saboreó el poder insobornable de su edad, ya antigua en el placer que trae la vida aunque todavía lo bastante joven para procurarlo a otros. También para apurarlo cada vez como agua fresca. Sus enormes ojos negros parecieron fijos en la arena inmensa aunque en realidad midieron la admiración que despertó a su paso. Su pecho ascendió, rebosado. De repente, un susurro se enredó en su pelo. Tenue. Suave. Tan imperceptible que en menos de un instante se desvaneció en el aire. Pensó que lo había imaginado y siguió caminando, despacio. De nuevo sintió que algo se enredó en su cabello, semejante a una especie de aleteo amorfo, negro, fuerte, espeso, que no desapareció en esta ocasión como antes. Se detuvo en seco y meneó la cabeza pero el aleteo continuó, insistente. Inquieta, elevó sus brazos y los agitó con movimiento de aspas en busca de un ave. Los bajó con parsimonia. Los levantó de nuevo. No encontró nada: ni pájaros, ni alas, ni siquiera insectos de tamaño grande. Introdujo ahora sus dedos entre su cabello y por un instante casi creyó haber rozado algo. Casi. Tironeó un poco, sin resultados. Nada voló en frente suyo, ni a su lado, ni encima ni entre los mechones de su pelo. Si el aleteo se produjo en realidad, se extinguió de prisa. Continuó su andar y llamó a Manuel a gritos pero el sonido que surgió desde sus labios no sonó como el suyo propio sino como el de alguien más, alguien ajeno. Repitió cada vocablo para escuchar su voz, con lentitud y en un tono bajo, y de nuevo percibió un acento diferente, agudo, extraño. Se estremeció. Incomprensible, el semblante amarillo y seco de una mujer vieja ocupó su mente durante un segundo y se desvaneció enseguida. Alcanzó a entrever, no obstante, una especie de sombrero negro. Parpadeó con fuerza y aceleró su paso. Una sensación de urgencia repentina empujó sus pensamientos hasta ese lugar inaccesible en donde el impulso atrapa a la mente y la domina. Nerviosa, se sintió impelida a mirar hacia los lados y hacia atrás, mientras sus pisadas se volvieron saltos raudos para acortar cuanto antes la distancia. Al llegar hasta su carpa, sin embargo, recibió un impacto que pareció congelar el tiempo y desviar el espacio. Su respiración se cortó casi por completo y olvidó el aleteo en su cabello. Tampoco pensó ya más en que su voz sonó distinta ni en el rostro amarillo abajo del sombrero negro. Su sudor dejó de correr en gotas ralas y se convirtió en cascada. Sus labios temblaron.

Manuel se encontraba en cuclillas en la arena. Un pañuelo de color verde papagayo cubría su cabeza de la forma como acostumbran a usar sus pañoletas las ancianas rezanderas en las iglesias. Su espalda encorvada sobre el resto de su cuerpo formó un ángulo estrecho con sus piernas y ocultó su traje de baño. Pareció estar desnudo por completo. Sus rodillas, flexionadas, mostraron el tono blanco de las coyunturas que han perdido irrigación de sangre después de permanecer dobladas por un largo rato. Los dedos de sus pies, tiesos y encorvados, parecieron garfios. Su cabeza inclinada, con su quijada clavada en el centro de su cuello y su frente paralela a la arena blanca, semejó el pico de un ave gigantesca. Lo peor fueron sus brazos. Extendidos hacia lado y lado en forma de alas desplegadas, permanecieron suspendidos en el aire, rígidos, contrarios a las leyes de la atracción del suelo, horizontales. El dedo meñique de cada una de las manos se ocultó debajo del pulgar, y los tres dedos restantes, extendidos y separados entre sí, recordaron la forma de unas garras. Rebeca se aproximó con ruido pero Manuel no pareció escucharla. No se incorporó ni movió sus manos. No levantó su cabeza, siquiera, ni abrió sus ojos, ni extendió los dedos de sus pies, ni habló ni respiró más fuerte. Asustada, balbuceó su nombre otra vez, en un tono bajo, sin obtener respuesta. Tampoco la obtuvo cuando lo llamó de nuevo con un grito. Se acercó aún otro poco y descubrió con pasmo que a pesar de su postura absurda Manuel estaba profundamente dormido. Su sueño, sereno aunque imperfecto. Su pecho inmóvil careció del movimiento leve que indica una respiración profunda. Su epidermis demasiado lisa, pegada a los huesos, semejó una tela vieja. Su cuerpo agarrotado, rígido, pareció encontrarse en estado de catatonia. O muerto. Lo tocó en el hombro de una forma leve que no logró despertarlo y en cambio, una baba blanca resbaló desde los labios tiesos. Lo zarandeó con fuerza ahora pero él no reaccionó ni se inmutó ni nada, y permaneció sin movimiento, congelado. Una melodía alegre que irrumpió en el aire, intempestiva, la distrajo. En instantes, un grupo de músicos entró en la playa. Vibrante, se escuchó un acorde festivo. Unos tambores resonaron, poderosos. Un acordeón produjo una cadencia larga. Un hombre arrugado, pequeño, agitó unas maracas y caminó adelante de la banda. Varios niños la persiguieron y la acompañaron con golpes de ramas de caña. Los adolescentes se mecieron al mismo ritmo y los hombres se incorporaron y gritaron interjecciones. La arena entera se sacudió al paso de los sonidos que poblaron el aire. El grupo musical se detuvo cerca de la carpa de Rebeca. Sin pausas, emprendió enseguida un son antiguo, uno de esos que parecen un himno a la patria y que resuenan alegres aunque llenos de añoranzas. Impregnó el alma vibrante de la playa con ese ritmo irrepetible del Caribe, único que canta a la tristeza al tiempo que obliga a bailar con alegría y esperanza. Desde los extremos de la playa, personas de toda edad se aproximaron. Un joven arrebató una maraca a un músico, la sacudió y blandió un sombrero de paja. Como en obediencia a una consigna, la gente se entregó de inmediato al baile. Con los brazos en el aire, mujeres y hombres palmotearon, se agitaron, movieron las caderas a un tiempo, a dos tiempos y un compás, a dos compases y un tiempo, en un delirio contaminante. Pecadores y niños, huérfanos y padres, ricos y feos, bailaron. Inesperada, la cercanía de la banda y del baile cayó como un aguacero de vergüenza encima de Rebeca. Abundante, frío. Cada movimiento de cadera pareció un escarnio a la inmovilidad de Manuel y a su postura inerme. Cada grito de alegría se estrelló contra el silencio de su pico de ave. Cada acorde de la banda hizo eco a su soledad de ser la única mujer con un esposo vivo convertido en estatua. O en cadáver. Cientos de pares de ojos parecieron observar con compasión sus esfuerzos por despertarlo. Las mujeres levantaron al bailar sus codos para imitar los brazos de Manuel, desplegados como alas, mientras los adolescentes flexionaron como él sus rodillas. La humillación la sofocó y la obligó a acercarse a los danzantes y a bailar con ellos. Su cuerpo se sacudió sin armonía. Sus pies se adhirieron a la arena, y se desprendieron enseguida, en secuencias de saltos pequeños, giros completos y giros intermedios. Sus brazos volaron libres por momentos y enseguida empuñaron sus puños cerrados con vehemencia. Frenética, inquieta, discordante, la suya no fue una danza feliz ni fácil. La algazara del corrillo se extendió en más canciones y mayor algarabía. Hasta las vendedoras de la playa se contagiaron de la euforia colectiva, y bailaron mientras sujetaron con sus manos sus enormes palanganas repletas de fruta encima de sus cabezas. La playa se transformó en una fiesta inmensa llena de canciones sucesivas que no perturbaron, sin embargo, a Manuel Hidalgo. Convertido en una piedra, continuó impasible. Petrificado. Ajeno. Dormido. De repente, la banda entonó una balada sobre un hombre enamorado de una mujer morena y Manuel, intempestivo, se incorporó, dio un salto hacia adelante y se unió al baile. Casi desarticulados, sus brazos giraron como remolinos al compás de la canción, y sus piernas largas se alternaron para patear la arena. Abrió su boca de un modo exagerado y coreó a los músicos con entusiasmo. "Yo adoro a mi negrita prohibida, a su amor pecaminoso yo lo adoro", bramó varias veces. Como un estandarte, el pañuelo verde sobresalió por encima de todas las cabezas y forzó a las miradas a seguirlo. El aliento de Rebeca se cortó del todo. Aterrada y confusa, persiguió con pupilas desmesuradas la danza de marioneta incoherente que ejecutó su esposo. Dejó de bailar y experimentó el impulso absurdo de cubrirlo con una toalla de playa pero se contuvo. Manuel repitió el estribillo con un tono de voz conmovido, sincero, semejante al de una declaración romántica y Rebeca presintió, adolorida, que su canto iba dirigido a una mujer que no era ella. Sin palabras, una voz dijo de pronto que Manuel Hidalgo se había enamorado de una mujer trigueña. Otra voz altisonante anunció que había insectos en la cama. Rebeca saltó para esquivar el golpe de una ola enorme, elevó sus manos con la intención inexplicable de atrapar algún sonido, se agachó y cayó en la arena.

Martha Cecilia Rivera, Escritora y ensayista colombiana radicada en Chicago. En 2018 la editorial Ars Comunis, de Estados Unidos, publicó su más reciente novela La fatalidad de la gallina.



Última actualización 16/07/2018 03:21:36 p.m.Noticias de literatura

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