Noticias de literatura
El bicentenario del nacimiento de Charles Dickens [7 de febrero de 1812] es
la conmemoración del año en la literatura de todo el mundo. El autor de ‘David
Copperfield’ “nunca ha dejado de ser una fuerza viva”, afirma Peter Ackroyd,
cuya biografía del escritor se publica ahora en español
Fueron solo unos meses, pero cambiaron la historia de la literatura. Acababa de
cumplir 12 años cuando, el lunes 9 de febrero de 1824, empezó a trabajar en la
fábrica de betún Warren, en el número 30 de Hungerford Stairs, en una zona
industrial de Londres, insalubre e infestada de ratas. Las jornadas se
prolongaban durante 10 horas, con una pequeña pausa para comer. El salario era
de seis o siete chelines a la semana (unos 30 euros en la actualidad). “Fue el
acontecimiento más importante de la vida de Charles Dickens”, explica el
escritor Peter Ackroyd, cuya sólida biografía del novelista, Dickens. El
observador solitario, acaba de editar Edhasa en España. “Es algo que siempre
tuvo presente. Creo que gran parte de su energía creadora nace en esa infancia y
su visión del mundo se forja en aquellos momentos”. “Todo mi ser se sentía tan
imbuido de pesar y humillación al pensar en lo que había perdido que incluso
ahora, famoso, satisfecho y contento, en mis ensoñaciones, cuando rememoro con
tristeza aquella época de mi vida, muchas veces me olvido de que tengo una mujer
y unos hijos, incluso de que soy un hombre”, le confesó a su amigo John Forster,
autor de la primera biografía del escritor (The live of Charles Dickens).
Forster ya señaló que el germen de David Copperfield surgió entre tarros de
betún en aquellos talleres junto al Támesis. En el clásico ensayo de 1940,
Dickens, The Two Scrooge, Edmund Wilson apuntaba también que aquel periodo de
trabajo infantil, con su padre encarcelado a causa de las deudas, fue crucial en
la formación literaria y humana del escritor.
Fue muy popular y convocaba a multitudes. En ese sentido, podemos decir que fue
la primera celebridad global
Peter Ackroyd
Los 200 años del nacimiento de Dickens, que se conmemoran el próximo 7 de
febrero, se han convertido en el acontecimiento literario de la temporada.
Exposiciones, nuevas versiones en cine y televisión de sus libros, biografías,
ensayos, representaciones. El mastodóntico Waterstone’s de Bloomsbury, una de
las librerías más grandes de Londres, situada en el barrio literario y
universitario por antonomasia -y en el que residió Dickens gran parte de su
vida-, recibe al visitante con un escaparate lleno de títulos sobre el narrador,
algunos tan contemporáneos como Charles Dickens in Cyberspace, de Jay Clayton, y
otros tan sugerentes por sus ramificaciones políticas como La situación de la
clase obrera en Inglaterra, de Friedrich Engels (Marx escribió sobre el autor de
Grandes esperanzas que “había proclamado más verdades de calado social y
político que todos los discursos de profesionales de la política, agitadores y
moralistas juntos”).
Sin embargo, todo este despliegue tiene algo de innecesario, porque Dickens
jamás se ha ido. “Siempre ha estado presente, nunca ha dejado de ser una fuerza
viva de la cultura británica”, señala Ackroyd, autor de numerosas biografías, de
Shakespeare y de Londres (ambas en Edhasa), entre otras. “Sus novelas han sido
llevadas al cine de manera constante, se han rodado series de televisión desde
que tengo memoria, sus libros son reeditados y leídos una y otra vez. No creo
que haya habido ningún periodo desde su muerte en que no haya sido admirado
universalmente”. “Dickens está en todos los ámbitos de la cultura británica”,
asegura el historiador Alex Werner, conservador del Museo de Londres, comisario
de la exposición Dickens y Londres, que puede verse hasta el 10 de junio, y
coautor junto a Tony Williams del libro que acompaña la muestra, Dickens’s
victorian London (1831- 1901). Desde su muerte en 1870, se han publicado cerca
de cien biografías, empezando por la de Forster en 1872. Estas últimas semanas
han aparecido reseñas en casi todos los grandes diarios anglosajones de las dos
últimas, Charles Dickens, A life, de Claire Tomalin -que ya había publicado un
relato de la vida de la esposa del novelista, Catherine-, y Becoming Dickens.
The invention of a novelist, un ensayo literario de Robert Douglas-Fairhurst.
Una forma de explicar la vigencia de Dickens es su presencia en una de las
grandes series de televisión de la década. En la quinta temporada de The Wire,
el director adjunto del Baltimore Sun pide a sus reporteros que busquen el
“aspecto dickensiano” de la ciudad. De hecho, los blogueros Joy Delyria y Sean
Michael Robinson lograron un considerable éxito en las redes sociales con una
reconstrucción de la serie de David Simon al modo de un folletín victoriano.
Recientemente, la BBC publicó en su página web un reportaje titulado Las seis
cosas que Charles Dickens dio al mundo moderno: la celebración de las navidades
gracias al impacto que tuvo Canción de Navidad, la denuncia de la pobreza, los
personajes de la comedia moderna, el cine (no, no le confunden con los hermanos
Lumière, Eisenstein dijo que los cimientos del séptimo arte fueron edificados
por Griffith basándose en ideas de Dickens como el montaje paralelo o los
primeros planos), los nombres de los personajes llenos de simbolismo y nuestra
visión de la ley y el derecho. A esto podríamos añadir que Dickens fue un
precursor de la defensa a ultranza de los derechos de autor, harto de que en
Estados Unidos pirateasen sin contemplaciones sus obras, y la primera estrella
de la cultura global, como explica Peter Ackroyd. “Fue muy popular entre
públicos muy amplios y convocaba a multitudes cuando realizaba las giras de
lectura de sus libros. En la época en que nacía la fotografía, ya era muy
reconocido popularmente, y cuando realizaba sus giras por América era seguido
por multitudes en la calle y se concentraban masas frente a los hoteles en los
que se alojaba. En ese sentido, podemos decir que fue la primera celebridad
global”.
Una búsqueda en el ISBN revela 420 títulos de Dickens vivos en todas las lenguas
nacionales, publicados por editoriales tan diversas como Gadir, Nocturna, Alba,
Periférica, Alianza, Planeta, Impedimenta, Ediciones B, Cátedra, Valdemar,
Belaqva, Edhasa, Destino, RBA, Alfaguara, Espasa Calpe, Cátedra o Círculo de
Lectores, por solo citar unas cuantas. “Su habilidad para crear personajes
creíbles es una de sus grandes virtudes, junto a su enorme habilidad como
narrador, su capacidad para contar historias”, explica Ackroyd. “Su talento para
inventar es increíble: publicaba cada semana, cada mes, historias, esperando
siempre hasta el momento mismo del cierre. Y siempre lograba mantener el interés
de sus lectores”. Según su biografía, llegó a crear 2.000 personajes en sus 14
novelas (15 si contamos la inacabada El misterio de Edwin Drood), sin tener en
cuenta sus numerosos relatos, ni toda su producción periodística; aunque el
Diccionario de Personajes Literarios Británicos recoge solo 989 nombres. Como
destaca el historiador Alex Werner, su retrato más famoso, El sueño de Dickens,
firmado por su contemporáneo Robert Williams Buss, muestra al escritor, en su
estudio, dormido, rodeado por sus creaciones. Oliver Twist, Ebenezer Scrooge,
David Copperfield, Jacob Marley, Bill Sikes, Fagin, Pip, Miss Havisham y su
mugriento vestido de novia, el señor Pickwick, la pequeña Nell, Florence Dombey,
Uriah Heep, Joe Gargery, Sydney Carton, Mister Gradgrind forman parte de un
gigantesco legado que vive mucho más allá de la literatura. Su herencia incluye
tramas, historias e imágenes, fantasmas de las navidades pasadas, futuras y
presentes, principios como: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los
tiempos, la edad de la sabiduría y de la tontería, la época de fe y la época de
la incredulidad, la estación de la luz y de las tinieblas, era la primavera de
la esperanza y el invierno de la desesperación”. Según sus biógrafos, todo ese
mundo ficticio tiene dos anclajes reales: su propia vida y la ciudad de Londres.
“Su genialidad no puede separarse de su vida. Es imposible estudiar a Dickens de
forma aislada, tiene que ser observado en el contexto de su época y de su vida
en Londres. De hecho, su casa estaba a unos pocos metros de aquí”, señala Peter
Ackroyd, que recibe en su despacho de Bloomsbury, con su mesa de trabajo llena
de libros sobre Chaplin y sobre la historia de Inglaterra, los dos temas en los
que este inagotable investigador y novelista de 62 años está trabajando
actualmente. Su biografía de Dickens se publicó en inglés en 1990, en dos
volúmenes, con casi 1.400 páginas. Edhasa ha editado una versión posterior,
acortada (700 páginas).
En su libro de viajes por Australia, Bill Bryson relata una visita al museo
dedicado al más famoso de los bandidos del outback, Ned Kelly, situado en una
polvorienta localidad perdida. Y escribe: “Era tan malo que era bueno”. Siendo
un poco exagerados, podríamos decir algo parecido del Museo de Charles Dickens
en Londres. Es cierto que alberga la mejor colección de manuscritos y objetos
del escritor y que, además, vivió allí con su familia durante dos años (entre
1837, una fecha muy simbólica porque es cuando empezó también la era victoriana,
y 1839, época durante la que terminó de escribir Los papeles del Club Pickwick y
comenzó Oliver Twist), lo que no se puede decir siempre de las casas-museo de
los artistas. Pero no es lo que un visitante espera de un creador de la magnitud
de Dickens. En su descargo se puede decir que esta vivienda, situada en una
clásica calle de edificios georgianos, es museo desde 1925, lo que explicaría en
parte su aire vetusto, y que las otras dos casas de Dickens en Londres, en
Marylebone y en el cercano Tavistock Square, han desaparecido. En abril el museo
se someterá a una ambiciosa reforma. El hecho de que cierre durante la
celebración del segundo centenario del escritor y durante los Juegos Olímpicos
ha provocado una cierta polémica en el Reino Unido, pero sus responsables han
señalado que, si retrasan las obras, perderían los dos millones de libras
concedidos por el fondo de la lotería para el mantenimiento de bienes
culturales. Aparte de algunos momentos de una intensidad kitsch muy divertida
-la cocina con sus quesos y pasteles falsos no tiene precio- y bastantes
recuerdos y piezas interesantes, además de contribuir a la Dickens Fellowship,
la casa del 48 de Doughty Street merece una visita porque permite un rápido
recorrido por la vida del autor. Nació en 1812, su familia se mudó a Londres en
1820, trabajó durante un periodo de entre seis meses y un año cuando su padre se
encontraba en prisión por sus deudas -”es una cosa muy desagradable el sentirse
avergonzado del propio hogar”, escribe en Grandes esperanzas-, comenzó a ejercer
como periodista en 1828 (un oficio que nunca abandonaría). El éxito de Los
papeles del Club Pickwick le permitió dedicarse a la literatura desde 1836. Su
fama alcanzó su cénit en 1843 con Cuento de Navidad. Los viajes -dos a América,
además de a Italia y Francia bastante a menudo-, la participación en diferentes
causas filantrópicas, la afición al teatro, las lecturas públicas que le
convirtieron en un hombre muy rico -ganar dinero fue una de las grandes
obsesiones de su vida-, un divorcio tardío de Catherine, con la que tuvo diez
hijos, y una relación nunca aclarada con la joven actriz Nelly Ternan -Ackroyd
cree que nunca llegó a consumarse sexualmente mientras que otros biógrafos
consideran que sí-, sus maratonianos paseos nocturnos -caminaba durante horas y
horas, a veces hasta 30 kilómetros seguidos, como quedó reflejado en uno de sus
ensayos más conocidos, Night walks-, las charlas y las complicidades con amigos
como Wilkie Collins y el periodismo ocuparon gran parte de su tiempo. Además,
claro, de la literatura: compuso por entregas 14 novelas que desde su
publicación entraron a formar parte de la conciencia colectiva de Occidente.
Falleció, tras una extenuante gira de lecturas, en la tarde del 9 de junio de
1870, a los 58 años, en su casa de Kent. Como escribió recientemente en The New
York Times el ensayista Verlyn Klinkenborg, “doscientos años después de su
muerte, Charles Dickens sigue guardando su mayor secreto: la esencia de su
energía”.
Una parte muy importante de esa fuerza se la dio la ciudad en la que vivió y en
la que situó la inmensa mayoría de su obra. “Londres y Dickens van juntos”,
afirma Alex Werner. “Londres influyó tanto a Dickens que se puede decir que su
genio dependió del entorno londinense, fue un gran visionario que vio en las
calles de Londres un universo entero, de alegría, de sufrimiento. Los dos
estaban profundamente conectados y entre los dos crearon el más maravilloso
retrato de la humanidad en el siglo XIX”, explica Ackroyd. Pero Dickens no se
limitó a describir y a captar la esencia de esa transformación: luchó por
cambiar las condiciones de vida. Y en cierta medida lo logró. Como explica
Steven Pinker en su magnífico e influyente ensayo The better angels of our
nature, una investigación sobre el descenso de la violencia en Occidente,
“Oliver Twist y Nicholas Nickleby abrieron los ojos de la sociedad sobre los
malos tratos a los niños en los albergues y orfanatos”. La exposición del Museo
de Londres permite percibir la ciudad en la que Dickens vivió y escribió: a
principios del XIX tenía apenas un millón de habitantes, en los años setenta de
ese siglo alcanzaba los 3,5. Como relata Werner, era la capital del mundo -con
1851, el año de la exposición universal, como epicentro-. Justo en esa época, la
población urbana se convirtió en mayoritaria en el Reino Unido, con miles de
personas llegando cada día a la megalópolis para vivir en condiciones muchas
veces de una pobreza atroz (no es ninguna casualidad que Dickens, Marx y Engels
escribiesen lo que escribieron en aquellos años en Londres). Ackroyd, autor de
la más conocida historia de la capital británica (Londres, Edhasa, 2002),
señala: “Durante su vida Londres cambió más que en ningún otro momento de su
historia”. En Dickens’s victorian London, Alex Werner y Tony Williams escriben:
“Supo captar todos los cambios que ocurrían a su alrededor y cuando leemos sus
obras somos testigos del crecimiento y desarrollo de la ciudad moderna, con
todos sus problemas asociados”.
En esa ciudad de las grandes esperanzas de Pip, la miseria infantil de Oliver
Twist y David Copperfield, un joven se vio obligado a trabajar en una fábrica de
betún en una sociedad que cambiaba a toda velocidad y un escritor trató de
construir todo su mundo sobre ese vértigo. Como escribe Ackroyd: “En su obra lo
real y lo irreal, lo material y lo espiritual, lo concreto y lo fantástico, lo
mundano y lo trascendente conviven en precario equilibrio, solo resuelto por el
vigor de la palabra creada. En eso consiste la magia de Charles Dickens”.
[Artículo publicado en el suplemento Cultura de El País de España]

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