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Tercer capitulo de Shotgun ZenNoticias de literatura
Por: Juan Sebastián Gaviria


La explicacion del Genesis Un unico Dios El Génesis al fin resuelto. La explicación científica del relato bíblico de la Creación.
¿De que hablan los dos relatos de la Creación de La Biblia?
En el relato existe un observador, quién narra lo que observa. Y una ubicación muy precisa desde donde observa.
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18/1/2018 |

SHOTGUN ZEN

A continuación ofrecemos a nuestros lectores tercer capítulo de Shotgun Zen, última publicación del escritor colombiano Juan Sebastián Gaviria,


3.
Los dos últimos disparos resonaron por la planicie. La codorniz continuó avanzando con vuelo desfallecido, dejando una estela de plumas a su paso. Carter movió la palanquilla y la escopeta se abrió suavemente, escupiendo dos cartuchos vacíos y humeantes sobre su hombro derecho. Tank, cuya lentitud, achaque de la edad, era compensada por su experiencia, su natural inclinación y su conocimiento del terreno, corrió entre los matorrales espinosos con la mirada en el ave herida. La codorniz cayó en picada en medio de los altos pastizales y el perro comenzó a trazar círculos concéntricos con el hocico a ras de suelo. Al ver que no daba con la presa, Carter volvió a cerrar la escopeta y corrió a grandes zancadas hasta que se encontró a pocos metros del perro. Inclinado hacia adelante caminó despacio, separando los pastizales con el cañón de la escopeta, buscando rastros de sangre. Vio plumas y cambió de rumbo. Se percató de que la codorniz, obstinada, se arrastraba por el suelo apoyándose en sus alas quebradas. Avanzaba desesperada, con la velocidad de un roedor, y todo lo que Carter podía ver era el movimiento ondulante de los pastizales bajo los que se escabullía.
-¡Allá, Tank! -exclamó señalando hacia donde las altas briznas resecas se agitaban-. ¡Tráela!
El perro reventó a correr. Carter notó que estaba fatigado, pero aun así lo daba todo. Al fin, regresó trotando alegremente, con el cuello estirado y la cabeza asomada sobre el pastizal. Llevaba una hermosa codorniz arlequín en el hocico.
-Buen perro, buen perro. -Tank arrojó el ave a los pies de Carter-. Todavía tienes mucho que dar, anciano -dijo frotando la cabeza del can, que agitaba la cola con tanta fuerza que toda la mitad trasera de su cuerpo alcanzaba a mecerse.
Perro y hombre caminaron, lado a lado, hasta la vieja Ford. Carter apoyó suavemente la escopeta en el capó y se quitó el cinturón en el que llevaba la cartuchera de cuero y el cuchillo de caza. Puso el cinturón junto a la escopeta y se quitó la bolsa de cuero de nutria que llevaba terciada al hombro. Adentro había quince codornices que su madre convertiría en un auténtico manjar. Con Tank caminando a su lado batiendo la cola y brincando para descargar cariñosas lamidas en sus antebrazos, Carter circundó la camioneta y abrió la puerta trasera. Puso en el suelo la nevera en la que ocho cervezas flotaban en agua y hielo. Sacó una lata y dejó la tapa abierta. Tomó asiento sobre el capó, en medio de sus utensilios de caza, mientras el perro bebía agua del interior de la nevera.
-Es una lástima que papá no nos haya acompañado esta vez. ¿No crees, muchacho?
El perro sacó la cabeza del interior de la nevera, miró a Carter batiendo la cola y volvió a beber. Carter, con los pies apoyados en el guardachoques delantero, bebió cerveza contemplando la inmensurable planicie con mirada taciturna. Dibujó con su mente el recorrido que había hecho ese día, un sendero de cartuchos vacíos y plumas.
Descansó la lata sobre el capó y tomó la escopeta. La contempló con rostro inexpresivo, como el primer día que la sostuvo en sus manos. Browning Midas. Dos cañones superpuestos y un gatillo con selector. Aves de oro engastadas en el acero meticulosamente grabado, y una madera con vetas oscuras en la que se podían interpretar exóticos paisajes. Zane Atwood había recibido esa escopeta y otra exactamente igual como única herencia de su padre, quien en su momento alcanzó a ser un reputado terrateniente del sur de Texas. A lo largo de la vida de Zane, ese par de escopetas fueron lo único que los golpes bajos del destino no le arrancaron de las manos. Todo cambiaba, los muebles se deterioraban y eran reemplazados, los armarios eran alimentados con mudas nuevas y meses después vomitaban telas raídas y encajes marchitos, la precaria seguridad económica iba y venía, pero aquellas dos Browning Midas permanecían intactas, como congeladas en el tiempo. A Carter se le ocurría que, de alguna manera, aferrarse a esas dos escopetas era la forma de Zane de conservar la esperanza, de dejarle abiertas las puertas del hogar a la bienaventuranza.
Se preparó para regresar a casa cuando el sol se dilató como un gong sobre la línea del horizonte. Las brisas de la tarde, tibias y lentas, ya habían secado el sudor de su frente. Desarmó la escopeta con ademanes memorizados a lo largo de años, envolvió el cañón en una bayetilla roja manchada de pólvora y aceite y lo guardó en una caja rectangular recubierta en cuero. Luego la culata. Cerró la caja, ató las correas y la puso en el baúl junto a otra caja idéntica que contenía la segunda escopeta. Acunó ambas armas entre los demás contenidos del baúl y la nevera para ahorrarles cualquier golpeteo en el camino de regreso. Terminó su cerveza, arrojó la lata vacía en medio de los pastizales y puso su cinturón con la cartuchera y la bolsa de piel de nutria repleta de codornices en el asiento del copiloto. Por último, abrió la puerta trasera y le ordenó al perro que brincara adentro.
Codornices al horno con tiras de tocino y tomillo. Eso le pediría a su madre. Durante el lento camino de regreso, con el sol duplicado en los retrovisores laterales de la camioneta, Carter sonrió al pensar en la cara que Floyd pondría al verlo llegar a casa con aquella quincena de codornices. Dentro de las inclasificables limitaciones con que el autismo amordazaba la existencia del hijo menor de la familia, se destacaban los rituales de vestimenta y el menú incambiable. Con el paso del tiempo, Audrey Atwood advirtió que el menú sí podía variar, siempre y cuando la base del plato fuera la carne de codorniz. Ahora Audrey se arrastraba estoicamente de un deber doméstico al siguiente, cargando con el peso de la enfermedad terminal del siglo sobre los hombros, y siempre conseguía que sobre la mesa hubiera un plato decente. Carter había visto a su madre preparar el plato de codornices al horno con tiras de tocino y tomillo cientos de veces, desde la época en que Zane, enrojecido de calor y cubierto en sudor, regresaba de sus solitarias cacerías y arrojaba sobre el mesón de la cocina veinte codornices arlequín. Ella metía al horno una bandeja metálica con mantequilla y rodajas de cebolla, y entretanto desplumaba y limpiaba las codornices con mano diestra. Secaba las aves desplumadas con toallas de papel, y las adobaba al gusto con pimienta y sal. Dentro de cada codorniz acomodaba un ramo de tomillo y una rodaja de limón, y tras colocar las aves sobre la cama de cebollas horneadas, ponía una gruesa tira de tocino sobre cada una y cubría la bandeja entera con papel aluminio. Tras media hora de cocción removía el papel aluminio y dejaba que todo se horneara durante otros quince minutos, para que la piel de las aves y las tiras de tocino se pusieran crujientes.
Apagó el motor de la camioneta y abrió la puerta. Empuñó la bolsa repleta de codornices y caminó hacia el porche de la casa, cabizbajo, esperando oír el traqueteo de la puerta de anjeo y la bienvenida de su padre. No escuchó más que el sonido de la mecedora sobre el suelo de tablas. Al levantar la mirada vio que su hermano Floyd estaba sentado en el porche, sumido en su característico silencio, mirando al vacío, un astro apagado, una ausencia con forma humana.
-Pero qué putas... -Carter dejó caer la bolsa de codornices al suelo.
Floyd estaba cubierto en sangre. Su rostro parecía el de una de esas leonas que sumergen la cabeza en el interior de una gacela para dar con el preciado hígado. Permanecía sentado en la mecedora, completamente quieto salvo por las contracciones musculares involuntarias de su mano izquierda y aquel meneo de la cabeza que alcanzaban a mover la silla.
-Contra qué putas te descalabraste esta vez...
Carter acudió a revisar a su hermano.
-Esta vez, esta vez, esta vez -repitió Floyd entornando los ojos y meciendo la cabeza como si le faltaran las vértebras cervicales.
Era la historia de la vida de Floyd. Abrirse la frente contra cualquier cosa. Y la de Carter, curarle las heridas. No le alcanzaban los dedos de las manos para contar las veces que su hermano menor se había roto el cráneo. Cuando no se caía encima de algo, algo se le caía encima a él. Desde que era muy chico, el rostro de Floyd se convirtió en un muestrario de cicatrices. Algunas, simples rasguños y magulladuras, desaparecían con el tiempo. Otras se quedaban. Floyd Atwood, amordazado y maniatado por el autismo, era un planeta quieto en un universo móvil.
-¡Atrás, perro de mierda! -exclamó Carter lanzándole una mirada penetrante a Tank, que parecía haber desconocido a Floyd y por primera vez en la vida le ladraba como si fuese un absoluto extraño. El perro hundió la cola entre las patas traseras y retrocedió, cambiando sus ladridos por un chillido lastimero que Carter jamás le había escuchado.
Carter revisó dos veces. Tres. Cuatro. Movió los cabellos crespos de Floyd en busca de la herida, como cuando separaba los altos pastizales para encontrar una codorniz. Como si hubiese bebido mercurio, algo frío se derramó en su estómago cuando se aseguró de que, esta vez, su hermano no se había lastimado a sí mismo.



Última actualización 15/10/2018 03:21:36 p.m.Noticias de literatura

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