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Por: Revista Confabulacion, Colombia


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17/1/2018 |

Texto leído por el poeta Eduardo Gómez en Miraflores (Boyacá), su pueblo natal, con motivo de un homenaje ofrecido por el alcalde, el Concejo, la Academia de Historia de Boyacá, el Colegio Sergio Camargo y algunos poetas, y que incluyó la colocación de una placa a la entrada de la Casa de la Cultura, casa donde nació y pasó su infancia

Cuando ya empieza a vislumbrarse un progresivo retiro de las luchas más enconadas, y se recogen las cosechas maduras del balance final en la paz duramente conquistada, es muy grato y oportuno volver a los orígenes.
En toda familia se encuentran en germen todas las cualidades y todas las alienaciones de un sistema, y sus relaciones constituyen la primera mediación obligada entre el mundo y el niño, entre una época y un individuo. Ellas determinan las características básicas de una personalidad y le imprimen cualidades y carencias indelebles a sus tendencias fundamentales. Con el padre y la madre primero, y con sus hermanos, parientes y amigos, después, configura el niño las relaciones primordiales que serán decisivas, en alguna forma, para el resto de sus días, en el sentido de que toda modificación posterior tiene que efectuarse sobre esas bases y sus determinaciones estructurales. Pero ¿qué puede significar ahora, en medio de la tercera edad, volver a los orígenes o sea al ámbito de la infancia? Si es cierto que recreamos el pasado a través del presente, significa darle, retrospectivamente, su pleno sentido como punto de partida existencial, asimilarlo como comienzo de tendencias que sólo ahora, desde la altura panorámica que nos confieren los muchos años y experiencias transcurridos, podemos descubrir y dilucidar en la inocencia de entonces y en las consecuencias que después han tenido para nuestra existencia.
La infancia presenta tantas variantes como países, clases sociales, regiones e individuos, existen. De mí sé decir que un cúmulo de circunstancias en extremo contradictorias y singulares, despertaron en el niño de entonces una sensibilidad intensa y desgarrada, y un gusto por el entrevisto mundo liberador de la imaginación y el pensamiento, mediante la palabra escrita y hablada. Entre esas contradicciones hay que mencionar en primer término, la que se daba entre el goce de una naturaleza lozana y exuberante, y una vivencia precoz y angustiosa de la muerte. Esas experiencias comenzaban con la visión del amplio Valle del Lengupá, flanqueado por enormes montañas y bosques, y en donde alternan paisajes virginales y siempre verdes en las cumbres con el panorama de las vegas, doradas, cálidas y enervantes del río Lengupá. Frente a esa vitalidad desbordante, el culto de la muerte se hacía presente a diario en el paso de los entierros frente a la casa familiar, en el doblar de las campanas - esas campanas dignas de una catedral, que hay en la iglesia de Miraflores - en las continuas alusiones al Más Allá, las moralejas y lúgubres consejos de muchos de los adultos, y sobre todo, en ciertos terroríficos sermones y apocalípticos ejercicios espirituales, herencia intacta de un medioevo español, tétrico e inquisitorial, así como en el luto prolongado, dramático y ceremonial por el deceso de mi padre y otras personas de la familia. En un plano específico de clase, las contradicciones se hacían patentes en el contraste entre las ingenuas pretensiones seudoaristocráticas (no exentas de elegancia y delicadeza) del círculo social predominante (heredero parcial de la tradición hispánica del pequeño hidalgo) y los modestos medios económicos y las limitaciones provincianas en que aquellas estaban estancadas. Se vivían, de una manera más bien inocente, contradicciones entre estructuras que se habían heredado del siglo XIX colombiano y los ecos apagados de la tardía entrada en el siglo XX de algunos sectores citadinos, que llegaban de Bogotá por medio de la prensa, la radio, algunos libros y tal cual joven profesional.
Sin embargo, el atraso también tenía enormes ventajas y me parece hoy que fue una suerte haberme iniciado en la lectura, sin las tentaciones de la mala televisión y el cine comercial, y de haber conocido el teatro en las ingenuas representaciones sacras de la Semana Mayor, las misas solemnes y las procesiones, con sus reminiscencias bíblicas (no exentas, a veces, de cierta grandeza mítico-poética) antes que en las comedias costumbristas y los dramones retóricos predominantes en los centros culturales de entonces. Sin duda estimulaba más la sensibilidad y la imaginación creadora un paseo a caballo hasta el río o una excursión a los lejanos parajes (de una belleza natural intacta) de "Sirasí" y "Buenos Aires", que las diversiones mecánicas y los áridos juegos a que se ve constreñida la niñez, recluida y vigilada, en la ciudad actual. En ese entonces y en esta región hechicera, fue posible ser un niño con acceso a los adultos de todas las clases sociales que podía pasear solo desde muy tierna edad (a caballo y a pie) indagar, conversar y jugar por todo el pueblo y sus alrededores.
Desde muy temprana edad se me planteó una permanente prueba de versatilidad y de capacidad para guardar algún equilibrio, al tener que saltar, en muy pocos años, del libro de rezo a las novelas románticas y revolucionarias de Víctor Hugo, pasando por los cuentos de hadas, las aventuras de Arsenio Lupin ("Ladrón de levita"), la misteriosa ubicuidad de "La Sombra", el valor temerario del pirata Sandokan y las acciones justicieras de Doc Savage, así como al realizar el tránsito rápido de la serie Mi personaje inolvidable (en la revista Selecciones) a los deslumbramientos del Tesoro de la juventud, en el colegio de María Morales; la conmovedora historia de Sin familia y los amores inocentes de Alegre, y al alternar la música de Bach, Beethoven, Tchaikoski y Schubert (que escuchaba a diario en los discos que mi tío Edilberto ponía en su victrola mientras se afeitaba y desayunaba) con los boleros y porros de las primeras reuniones donde María González o los pasillos y marchas de la banda que se contrataba para las ferias y fiestas de enero.
De manera análoga, fue preciso pasar de la era de los viajes a caballo (que conocí hasta los cinco años de edad porque no estaba terminada la carretera Del Progreso) a los viajes en bus, luego en tren y después en avión, en el curso de solo quince años. Puedo decir que, como todos mis paisanos de esa época, viví el siglo XIX con su severidad señorial, vestida de negro, y su honradez machista y taimada, mientras ascendía, paralelamente, uno tras otro, con intervalos muy breves, los peldaños del progreso que inician en Colombia (con un retraso de más de tres décadas) la entrada del turbulento siglo XX, cuando los movimientos reformistas radicales de López Pumarejo y Gaitán sacuden al país patriarcal y se frustran en la violencia reactiva y represora.
Sin embargo, la toma de conciencia de ese fuego cruzado de influencias venidas de épocas separadas por siglos, que tuvimos que asimilar de manera vertiginosa en esos años de transición que van de la década de los treinta hasta finales de los cuarenta, vendrá más tarde al final del bachillerato y poco antes de la entrada a la universidad. De esos años iniciales quedan, a manera de balance esencial, las experiencias poderosas (determinantes de toda vivencia poética posterior) de la naturaleza espléndida de esta región, y la influencia decisiva de algunas figuras tutelares: el coraje silencioso y la tenacidad digna y eficaz en el trabajo, de mi abuela y mi madre, que no excluía la sociabilidad refinada y discreta; la inteligencia pedagógica, afectiva, exigente y señorial de María Morales; el talento artístico sorprendente, casi oculto por una timidez y un pudor excesivos, de Edilberto Patarroyo (en cuya pequeña y selecta biblioteca leí los primeros clásicos como Goethe, Marcel Proust y Anatole France), la cortés discreción y sutileza de Gustavo Ramírez (bajo cuya dirección se escenificaron dos comedias de Óscar Wilde, y quien me enseñó a interpretar sendos poemas de Rubén Darío y León Tolstoi); la brillantez sarcástica, amarga y cortante de Jorge Patarroyo (con quien sostuve discusiones atrevidas, desde los nueve años, sobre algunos temas metafísicos); las siluetas venerables bañadas por una indecisa luz lunar, del clan de los Barreto, aislado del mundo en su vieja casona, llena de plantas y de pájaros. Y en fin, toda una galería de menudas personitas de mi edad, que me enseñaron las primeras mieles de la amistad y las primeras perfidias, así como un grupo nutrido de artesanos y campesinos, con los que gustaba hablar y de quienes aprendí cosas honestas y sabrosas de la vida sencilla y laboriosa.
En términos generales, la sociabilidad me fue fácil y placentera pero, a medida que crecía, la experimenté cada vez más como muy formalista y contradictoria. Al mismo tiempo, me hundía cada vez más en una soledad que, muy pronto, fue vivida como una muerte simbólica. A esa sensación angustiosa se sumaban las vivencias esporádicas del machismo brutal y la violencia política tradicional que presentía a mi alrededor. De hecho, en ese momento, ya estaban dados, en este valle escondido y absorto, casi al margen del siglo, los aprendizajes fundamentales para enfrentar los más desconocidos y sorprendentes ámbitos planetarios. Las lecturas cada vez mejor elegidas, la acentuación secreta de impulsos sexuales (vivida al principio como traición satánica y muy pronto como placentera familiaridad con lo vprohibido y reivindicación excitada de un mundo subterráneo) el carácter inconciliable de las contradicciones y los cambios potenciales que sugerían, profundizados por la lectura y los éxtasis de las audiciones musicales, comenzaron a poner en evidencia el tedio, las repeticiones y las limitaciones de la vida provinciana a largo plazo. Empecé a soñar con la vida en la ciudad y a desear, de manera oscura, con un despliegue de mis potencias en lejanías apenas presentidas.
En los muchos años transcurridos desde entonces, tal vez muchos de esos vagos deseos se han cumplido en lo fundamental: ahora estoy de regreso de múltiples viajes pero sé con certeza que los ardientes soles de estos cielos incontaminados de la infancia, y los maternales y nobles efluvios de estos valles serenos, ensancharon para siempre mi pecho y lo acorazaron contra todo infortunio. Desde tiempos remotos, sabios mitos nos enseñan que hay que permanecer fieles a la tierra para conservar el vigor y la juventud en la lucha. Cuando Heracles (el más célebre de los héroes míticos griegos) viajó de Egipto a Libia, fue interceptado por el gigante Anteo, famoso por sus ataques mortales a los viajeros que se aventuraban por sus dominios. Sin embargo, Heracles derribó muy pronto a Anteo pero cuando el cuerpo del gigante tocó la tierra, esta solícita madre le infundió nuevo vigor y la lucha se reinició. Después de haberse repetido ese hecho varias veces, Heracles comprendió lo que sucedía y estranguló a Anteo manteniéndolo en el aire, separado de la telúrica energía.
El hombre no deber perder contacto con la tierra y lo terrenal para no debilitarse y volverse un fantasma. Pero la tierra por antonomasia para cada cual, es aquella región planetaria donde aprendió a nombrar el mundo, donde vivió de acuerdo con sus recónditos impulsos y no se sentía culpable, donde era capaz de jugar y soñar, sin avergonzarse. Si mantenemos viva en nosotros esa prístina nobleza, sabremos vivir como adultos libres y saludar cada día como un don inapreciable. Con el Fausto de Goethe (cuando en la segunda parte despierta en el prado en medio de la primavera y es bañado por el sol naciente) podremos decir entonces:

El pulso de la vida late con frescor vivo,
al saludar, suave, la aurora por el éter.
Tú también, tierra has sido constante en esta noche,
y alientas nueva y refrescante a mis pies,
y empiezas a rodearme de nuevo de alegría;
mueves y excitas la decisión poderosa
de esforzarme constante a la vida más alta.



Última actualización 15/10/2018 03:21:36 p.m.Noticias de literatura

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