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Cinco capitulos de Shotgun ZenNoticias de literatura
Por: Con-fabulación


La explicacion del Genesis Un unico Dios La historia del pueblo judío. El motivo de ser del pueblo elegido.
La tarea trascendental del pueblo elegido. Las políticas de la Iglesia Católica. El fin del politeísmo.
El hilo conductor jamás revelado de uno de los libros más leídos y tal vez  menos comprendidos:
La Biblia.
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19/12/2017 |

Con-fabulación se complace en compartir con sus lectores los primeros cinco capítulos de Shotgun Zen, última publicación del escritor colombiano Juan Sebastián Gaviria, libro inusual que reúne tres novelas cortas e independientes que tienen lugar en rincones hasta ahora ignorados de la inclasificable cultura estadounidense. A lo largo de estas páginas cargadas de violencia y humor, el lector será llevado, por el camino más insólito, a explorar el lugar que ocupa el hombre en el mundo moderno.

Debido a los espacios de nuestro periódico, estos cinco capítulos se publicarán por entregas semanales, pero a lo largo de estas páginas y durante mucho tiempo más, encontraremos insólitos personales como: Un joven campesino que huye de la ley en compañía de su hermano autista luego de que éste, inesperadamente, asesine a sus padres con un hacha. Un matón del Hollywood de los años treinta que se ve arrastrado a participar en la absurda y violenta batalla que la Legión Católica de la Decencia libra contra los artistas en las calles de Los Ángeles. Un motociclista obsesionado con alcanzar la gloria en los peligrosos motódromos de principios del siglo veinte.


Shotgun zen
1.

Las llantas golpeaban contra los guardabarros, la carrocería desajustada se sacudía y las copas de las ruedas amenazaban con salir a volar tras cada bache en el camino despavimentado. En el interior polvoriento de aquel Chrysler azul celeste sonaban cientos de tornillos oxidados como pajaritos sedientos que trinaban desesperados por una gota de aceite. El cuero rajado de los asientos había sido remendado con trozos de gruesa cinta adhesiva metálica, cajetillas de cigarrillo vacías y envoltorios de comida chatarra yacían bajo los pedales, y la docena de latas de cerveza estrujadas que se amontonaban bajo el asiento del copiloto tintineaban, haciendo imperceptibles los chillidos lastimeros del perro que viajaba ovillado en el asiento trasero. Tiritaba de pavor y tenía el hocico envuelto en un alambre que había alcanzado a hundirse en su carne, y que enrojecía su pelaje blanco. El conductor, un hombre que vestía unos viejos jeans y una ajustada camiseta blanca manchada de café y sudor, observaba cada tanto al animal por el espejo retrovisor, constatando que no se hubiese liberado del precario bozal. Luego soltaba alguna maldición entre dientes y volvía a concentrarse en el camino. Debía conducir valiéndose solamente de su mano derecha. Llevaba el antebrazo izquierdo recogido sobre los muslos, envuelto en un vendaje amarillento y ensangrentado, frente al balón templado de su panza.
-Firmaste tu puta sentencia de muerte, cabrón -le dijo el hombre al animal-. Tu puta sentencia de muerte.
Apareció un letrero de madera suspendido por dos postes en el borde del camino. Era la primera señal de vida que veía en los últimos cuarenta minutos de avance. Junto al letrero había un sendero arenoso que se hundía contra el horizonte en medio de arbustos espinosos y altos pastizales resecos. El hombre frenó bruscamente y permaneció unos minutos con los ojos puestos sobre el letrero. Con no poco esfuerzo leyó las palabras grabadas en la madera. Rancho Atwood. Venta de cerdos. Una milla. Bajó del auto y paseó la mirada en rededor. Silencio, altas briznas de hierba amarilleadas por el sol y pisoteadas por la brisa, algunos conos de polvo bailando a la distancia. Abrió el baúl y observó el interior con el ceño fruncido. Una caja de herramientas metálica, un costal, una soga gruesa, un tubo de acero galvanizado y dos contenedores vacíos de aceite de motor. Valiéndose sólo de su mano derecha, tomó la soga y la colgó sobre su hombro. Al cerrar el baúl vio al perro a través de la ventanilla trasera. El animal, aún embozalado, había estirado el cuello y miraba a través de los vidrios cubiertos de polvo, moviendo su hocico, contrayendo su naricita ensangrentada, intentando averiguar dónde estaba.
El hombre respiró hondo y desenvolvió la venda mugrienta que le cubría el antebrazo izquierdo. Ahí estaba. Las profundas heridas parecían una rúbrica exótica grabada en carne. Al menos la hemorragia se había detenido, y la sangre en cada una de las profundas heridas comenzaba a secarse. Abrió y cerró la mano, constatando que podía mover sin dificultad los dedos. Para formar un nudo corredizo con la soga se vio obligado a emplear la mano izquierda. Cada vez que apretaba los dedos, un dolor fulminante nacía de su antebrazo y trepaba hasta su hombro.
Tiró del extremo de la soga, arrastrando al perro hasta uno de los postes del letrero. Después de asegurarlo con un nudo doble, dio dos pasos atrás y miró al animal. De modo que así terminaba. Todo el trabajo duro había sido delegado a los azares del desierto del sur.
El perro vio que el auto avanzaba por el camino, hundiéndose en la cortina de polvo que las ruedas levantaban, hasta que los traqueteos y quejidos de la máquina destartalada fueron reemplazados por los cantos intermitentes de los grillos y el crepitar constante de la planicie. A medida que aquel Chrysler celeste se alejaba, el mundo se iba convirtiendo en un lugar más grande y solitario. Sentado, con las musculosas patas delanteras enmarcando su amplio pecho, el animal permaneció expectante, olfateando el aire, oteando a la distancia. Finalmente se echó e intentó quitarse con las patas delanteras el alambre que le mantenía el hocico sellado. No lo consiguió. Entre más luchaba, más se encarnaba el alambre en su piel. El sol se descolgó por el occidente, tiñendo de malva y rosa las escasas nubes suspendidas sobre la línea del horizonte. La oscuridad se instauró. El perro se ovilló contra el poste al que estaba atado y cerró los ojos.
Hacia la medianoche lo despertó el hedor de un zorrillo. Se incorporó y comenzó a gruñirle a la oscuridad. Un relámpago mudo iluminó la noche, permitiéndole ver la cola peluda y los ojillos brillantes del animal. Luego vino otro fogonazo de luz blanca. En el intervalo, el zorrillo se había movido unos cuantos metros hacia la derecha. El perro intentó ladrar pero el bozal hizo que sus ladridos sonaran como una tos agónica. Un tercer relámpago relumbró, pero el perro no pudo detectar más que el círculo de miasma pútrido que el zorrillo había tejido en torno suyo antes de desaparecer. Cuando el hedor se disipó del todo, el perro se echó de nuevo, apoyando la cabeza sobre sus patas delanteras. Finalmente se durmió, arrullado con sus propios gruñidos.
Pasó toda la mañana acostado, recibiendo de lleno la luz del sol. La noche había sido tan fría, que ahora el inclemente sol parecía brillar con benevolencia. Eso cambió hacia el mediodía, cuando el perro tuvo que cobijarse bajo la sombra insuficiente del poste, dando pequeños pasos y trazando apretados círculos para evitar que el suelo calcinante le cocinara las patas.
Los coyotes no venían de cacería sino que avanzaban patrullando su territorio, antecedidos por pájaros que evacuaban sus nidos y liebres salvajes que sacudían los arbustos bajo los cuales se escabullían. El perro intentó huir, pero la soga se templó bruscamente, por poco partiéndole el pescuezo. Se echó otra vez contra el poste, agazapado, las patas traseras temblándole, y esperó. Eran tres coyotes. El más grande marcaba el rumbo y los otros dos avanzaban tras él en formación de triángulo, cubriéndole los flancos. Desde el otro lado del camino polvoriento, el líder levantó la cabeza sobre los pastizales y clavó sus ojos inexpresivos en los del perro. Ambos, perro y coyote, miraron en torno suyo y volvieron a encararse. Gruñidos igual de imponentes brotaron de ambos lados del camino. El triángulo de coyotes avanzó hacia el perro, que se incorporó y bajó la cabeza, erizando el lomo y asomando los colmillos delanteros entre los círculos de alambre que lo amordazaban. Los coyotes se separaron caminando despacio, rozando el suelo de polvo con el hocico, silenciosos, sabios. De pronto, uno de ellos se escurrió alrededor del perro y descargó una dentellada contra una de sus patas traseras. Se escuchó un lamento dolorido. Y luego sonó un disparo.
El coyote se desplomó, herido de muerte, y los otros dos huyeron despavoridos, sabiendo muy bien que la detonación representaba la presencia de cazadores. El perro se giró y enfrentó con igual fiereza la nueva amenaza, gruñéndoles a las dos siluetas humanas que se acercaban.
-Qué cabrón -dijo Zane Atwood-. Sólo míralo, hijo. Le acabamos de salvar el pellejo y el muy hijo de puta quiere devorarnos.
-¿Podemos ayudarlo? -preguntó Carter levantando la mirada hacia su padre.
-No sé -Zane evaluó al perro, preguntándose cómo había acabado atado a aquel poste, y cuál sería su reacción si intentaban liberarlo.
-Es un perro hermoso.
Y tal vez lo era. Estaba en unas circunstancias del demonio, pero podía ser un buen animal. Parecía una mezcla. Era blanco, de ojos negros. De la raza pointer tenía el cuerpo grácil y liviano, además de los motes oscuros que le salpicaban la parte posterior del lomo y las patas traseras. Por el otro lado, la amplitud de mandíbulas y la anchura de pecho hacían pensar en un pitbull terrier. Zane Atwood y su hijo Carter permanecieron varios minutos ante el perro, que pronto se hizo a la idea de su presencia y dejó de gruñir.
-Esto es lo que vamos a hacer, hijo -propuso Zane descansando la escopeta abierta sobre su hombro-. Lo liberamos y cuidamos sus heridas. Cuando esté bien lo llevamos de cacería. Si muestra madera de cazador, nos lo quedamos. De lo contrario...
-Llamémoslo Tank... Tank es un buen nombre para este perro.
Zane se aproximó al animal. Con cada paso que daba, los tiros calibre doce resonaban en el interior de la cartuchera de cuero que colgaba de su cinto. El animal acabó por bajar la mirada ante la presencia del hombre, que rezumaba confianza en sí mismo. Zane vestía como tantos cazadores del sur de Texas, con una gorra sobre la cabeza, camisa beige empapada de sudor, jeans y las ineludibles botas tejanas. Detrás suyo, el pequeño Carter aguardaba. Por el borde del bolso de piel de nutria que llevaba terciado al hombro asomaban las plumas coloridas de algunas codornices arlequín, las más comunes en aquella región del condado de Tom Green.
-¿Oíste lo que acabo de decir? -Zane estaba acuclillado ante el perro y empuñaba en su mano derecha un cuchillo mientras con la izquierda templaba la soga que mantenía al animal atado al poste-. Tenemos que estar de acuerdo en eso si quieres que lo libere... Si es un buen perro de muestra, nos lo quedamos. Si no, salimos de él. ¿Entendido?
-Pero... ¿Cómo salimos de él?
-Así -dijo Zane señalando al coyote que yacía en el borde del camino con un hoyo en el cuello y seis perdigones doble-cero en su interior.
-De acuerdo -afirmó el pequeño tragando saliva.



Última actualización 17/10/2018 03:21:36 p.m.Noticias de literatura

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